Argumentario para agnósticos y ateos


Una de las Obras de Misericordia espirituales, precisamente la primera, habla de “enseñar al que no sabe”. Eso por un lado. Por el otro lado, el católico-apostólico-romano de a pie, en bares, restaurantes, cafeterías, peroles, after hours, constantemente, se ve sometido a diatribas, pseudo-arengas y demás discursos sobre los “dineros de la Iglesia”, los “tesoros del Vaticano” y la “pederastia del clero”. De modo que como al católico-apostólico-romano de a pie le importa el cumplimiento de las Obras de Misericordia, ya sean espirituales o corporales, a continuación se ofrece toda una “batería de argumentos” para que el católico-apostólico-romano de a pie pueda ayudar al “discrepante eclesiástico-librepensador-combativo” a elevar el nivel intelectual y ensayístico de su discurso.

La consabida batería argumental no podría dejar de citar a uno de los clásicos en estas lides como es Jean Jacques Rousseau, en su “Profesión de fe del Vicario saboyano”. Allí el difícilmente calificable Rousseau argumenta: “El testimonio de los hombres no es en el fondo más que el de mi misma razón y no añade nada a los medios naturales que Dios me ha dado de conocer la verdad. Apóstol de la verdad, ¿qué tenéis que decirme de lo que yo no sea juez? ¡Dios mismo ha hablado! He aquí, en verdad, una gran palabra. ¿Y a quién ha hablado? Ha hablado a los hombres. ¿Y por qué yo no he oído nada? Él ha encargado a otros hombres de ofreceros su palabra. ¡Ya entiendo! Luego son hombres los que me van a decir lo que Dios ha dicho. Yo preferiría haber oído a Dios mismo. No le hubiera costado mucho más y yo hubiera estado al abrigo de la seducción. Él da garantía manifestando la misión de los enviados. ¿Cómo es esto? Por los prodigios. ¿Y dónde están los prodigios? En los libros. ¿Y quién ha hecho los libros? Hombres. ¿Y quién ha visto los prodigios? Hombres que dan testimonio de ellos. ¡Qué! ¡Siempre testimonios humanos! ¡Siempre hombres que me informan de lo que otros hombres han informado! ¡Cuántos hombres entre Dios y yo!”.

Ya en nuestros días, el pensamiento de personajes tipo Peter Sloterdijk (filósofo alemán) lanza dardos como que “en el nombre de Dios… el mayor número de hombres se ve oprimido por un pequeño grupo de gente que ha hecho del temor religioso un aliado eficaz” (Crítica de la razón cínica). O vienen a suscribir el acta de defunción del cristianismo de la siguiente manera: “La religión ya no suministra el modelo interpretativo para todos los ámbitos de la vida: el sistema de la medicina moderna se ha diferenciado de ella, lo mismo que el sistema educativo; la clase de religión se ha convertido en una asignatura más; la religión ya no es el portador primario de la esencia de la escuela. El mundo laboral también se ha diferenciado, así como el jurídico, el sistema político o la ciencia. La religión no puede pasar de ser más que un preámbulo en todos estos ámbitos. Cabe imaginar que al juramento hipocrático se le anteponen algunas fórmulas cristianas, pero eso es todo”.

En el suelo patrio, el discrepante, ya sea agnóstico o ateo, encontrará argumentaciones tipo Félix Duque (filósofo) con pasajes, casi dignos de moviola una y otra vez, como el que sigue: “Estamos de acuerdo en que sólo a unos pocos ejemplares raros se les ocurrirá evocar realmente en serio María Auxiliadora para subvenir a nuestro desamparo, en vez de hacerlo más o menos violentamente – según la influencia que tengamos – recurriendo a la medicina, a Hacienda o al juzgado. También lo estamos en que es difícil entregarlo todo, con el subsiguiente temor – cuando se aproxima la vejez – de no haber vivido todo lo que yo me merezco, con el fin de salvarme de la muerte, cuando por un lado se afirma una crema reafirmante que evite la vejez, ‘porque tú lo mereces’, y por otro se nos dice que un poco más de fe (y de financiación, como consecuencia de ella) en la ciencia y en la investigación innovadora nos prolongará la vida y, ¿quién sabe?, a lo mejor nos lleva a la inmortalidad a base de prótesis, trasplantes, montajes, desmantelamientos y reciclados varios”.

Claro que el adversario no siempre ha estado fuera. A veces es de casa, a lo mejor con toda la “buena voluntad del mundo”, pero, a la postre, enemigo en casa. Véase la perla que el teólogo Felix Wilfred dejó en su día: “Si Dios se manifiesta en las experiencias religiosas e históricas de la India, a través de ellas, como lo defiende la mayor parte de los teólogos indios, estas tradiciones y experiencias son las vías concretas a través de las cuales el pueblo en este país puede experimentar y comprender lo que Dios ha revelado a través de Jesucristo”.

El argumentario podría seguir y seguir pero los límites vienen dados por el medio y la paciencia del lector es una dádiva de la que conviene no abusar. Con lo que se cierra el susodicho argumentario sin la promesa de segundas partes que, como ya se sabe, nunca fueron buenas.

Nota bene: Si terminado el trascurso de la lectura el católico-apostólico-romano de a pie experimenta cierta “duda o incertidumbre”, entonces ¡Houston, tenemos un problema! Si el “discrepante eclesiástico-librepensador-combativo” queda sin argumentos, no se engañe el católico-apostólico-romano de a pie pues no ha conseguido ninguna victoria. Recuerde el católico-apostólico-romano el chascarrillo de San Ambrosio: Dios no ha querido salvar a su pueblo con la dialéctica

1 Comentario

  1. El discrepante-eclesiástico-librepensador-combativo siempre tendrá algún argumento, la cuestión es no ceder; además en algo que manifiesta, las más de las veces, no le interesa. Y digo yo… ¡qué “gastaero” de energía!

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