¿Puede recomendar un cura la última peli de Scorsese?


Hace unos días tuve la oportunidad de ver Silencio, la última “peli” de Martín Scorsese, adaptación de la novela homónima del escritor japonés Shûsaku Endô. La novela, – y la película es muy fiel – , narra las peripecias de unos misioneros jesuitas en el Japón del siglo XVII que perseguía con especial saña a los cristianos. Novela y película proponen en su narración una serie de cuestiones por las que uno tendría que pensarse si recomendar o no novela y película: apostasía de dos jesuitas, pruebas de fe por las que “el más pintado” se rebelaría, cuestionamiento de la preocupación por la evangelización de la Iglesia, estilos en la misma que no siempre han sido acordes con la propuesta a transmitir o la tan traída y tan llevada, a veces, inculturación. Sin embargo, el cura que escribe la recomienda y mucho. Luego mi respuesta a la pregunta que da título a este artículo es afirmativa, aun a sabiendas de que la cuestión va a tener su cierta polémica. Así que ahora voy a hacer un recorrido por “las mejores jugadas” de novela y película. Si bien antes quisiera recordar unas palabras del gran teólogo Urs Von Balthasar – y que dejo caer aquí sin más – para el que “pudiera muy bien ocurrir que en los grandes literatos [véase por ejemplo la gran literatura francesa de la primera mitad del siglo XX: Bloy, Péguy, Claudel, Bernanos] hubiera más vida intelectual original y grande, y capaz de crecer al aire libre, que en nuestra teología actual, de aliento algo corto y que se contenta con hacer poco gasto”.

Luego nada mejor que una novela y película como Silencio para llegar a certezas formulables en los siguiente términos: “Que nuestra religión se fuera extendiendo entre ellos como agua que todo lo penetra, se debe a esto y solo a esto: estos hombres han experimentado por primera vez en su vida el calor del corazón humano. Han encontrado a alguien que los trate como a seres humanos. La bondad de los padres les ha tocado el corazón” (42). O a intuiciones en torno a una realidad como el pecado en estos términos: “El pecado mayor contra Dios era la desesperación, lo sabía muy bien; pero no me explicaba por qué Dios permanecía en silencio” (89). “Estos guardias también charlan y se ríen a carcajadas, unas carcajadas que le obligan a uno a pensar hasta dónde puede llegar la indiferencia del hombre por el hombre. Sí… Pecado no es, como se piensa de ordinario, eso de robar, o decir mentiras, no. Pecado es que un hombre pase sobre la vida de otro hombre olvidando las huellas que ha dejado en él” (114).

El protagonista, el misionero jesuita Sebastián Rodrigo, junto con otro compañero, se embarca en la difícil aventura, -¡verdaderamente heroica!-, de tratar de acompañar a los cristianos, que viviendo su fe de forma clandestina, han procurado mantener encendida la luz del Evangelio. Pero hay un motivo añadido a su misión y es constatar la terrible noticia que había llegado a Europa de la presunta apostasía del que fue su maestro de novicios, el padre Cristóbal Ferreira al ser apresado y torturado. La noticia era cierta y así se describen los motivos de su “caída”: “Lo trataron al principio con toda deferencia […] y en cuanto le hicieron bajar la guardia lo bastante, física y espiritualmente, de pronto le dieron ese tormento. De otro modo no hay quien se explique cómo un padre de tanta virtud y de tanta entrega pudo apostatar tan de repente” (164-165). En concreto, el tormento es este: “-Si yo apostaté…, ¿se lo digo?. Óigalo bien claro. Apostaté porque después del tormento me trajeron aquí y escuche los gemidos de esa pobre gente y Dios no hizo nada por ellos. Le recé a Dios como un desesperado, pero Dios no hizo nada por ellos” (215). Dios permanece en silencio como otro de los protagonistas, Kichijiro, al preguntarse: “¿Por qué nos manda Deus tantos sufrimientos?” argumenta: “Ya han pasado treinta años desde que comenzó la persecución y, aunque esta tierra negra del Japón estalla de gemidos cristianos y corre la sangre roja de los misioneros y se van derrumbando las torres de las iglesias, Dios tiene delante a las víctimas de este horrible sacrificio inmoladas a él, aún continúa en silencio” (71).

Ferreira vive desde su apostasía colaborando con los japoneses en la traducción de libros de astronomía. De esta tarea llega a decir: “Estoy haciendo algo de provecho. Algo útil para la gente de este país. […] Soy un hombre útil a este país” (185). Y el juicio que de este hecho el Padre Rodrigo hace se narra así: “Todo este tiempo el padre le miraba con tristeza parpadeando continuamente. Era verdad. Ayudar a los demás, ser útil a los demás, ése era el único deseo, el único sueño de un sacerdote. La soledad del sacerdote comienza cuando deja de ser útil a los demás. Y pensó que Ferreira, ahora que había apostatado, seguía sin poder liberarse de aquel clima psicológico de antaño” (185).

Pero si hay un pasaje profundo y con enjundia en la novela y película es la confesión del Padre Rodrigo, que, finalmente, también cae en la apostasía: “Yo también puse mi pie sobre el fumie [imagen de Jesucristo sobre la que pisa el que quiere apostatar]. Este pie mío pisó el rostro hundido de aquel Hombre. El rostro en que soñé cientos de veces. El rostro en que no dejé de soñar errante por los montes y después en el calabozo. Sobre el rostro del Hombre al que quise amar toda mi vida. El rostro estaba vuelto hacia mí desde la tabla. Un rostro gastado, hundido, con aquellos ojos tristes. Y aquellos ojos tristes me dijeron: ‘Písame…Sí, písame. Tienes los pies doloridos, ¿verdad? Tienes los pies doloridos como tantos otros que me han estado pisando hasta el día de hoy…A mí me basta que los pies os duelan. Yo participo de vuestro dolor, vivo vuestro sufrimiento. Para esto estoy en el mundo…’

-Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio…

-No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo” (243).

¡Lector inquirat y visione!

1 Comentario

  1. NO ESTABA EN SILENCIO, ESTABA SUFRIENDO CONTIGO.
    Esta respuesta a mis preguntas de tanta injusticia , no disipa las ” dudas ” que a veces me asaltan .
    Sigamos rezando por todos los que tanto sufren .

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