Para cuando estés grande ¡¡¡Marcos!!!


Querido Marcos:

Cuando puedas leer y entender estas líneas – si es que el cazurro de tu padre se acuerda y el más “cazurro cura que te escribe” logra poner “negro sobre blanco” algo relativamente coherente y legible – habrán pasado unos cuantos años (- imagino que en ese dato habrá influido la enésima X reforma educativa que te habrá tocado sufrir -) y a estas alturas ya serás un más que espigado (- en eso hago votos en este momento porque salgas a tu madre) adolescente y joven, no sé si imberbe, afeitado o de barba hipster. Cuando te vi por primera vez, una mañana de sábado en “Reina Sofía” (-otro tema es que cuando leas esto el Hospital se siga llamando así y no se haya pasado a llamar, por ejemplo, Princesa Zaida -) recordé, desde el primer momento, unas palabras del Evangelio: “Quien recibe un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18, 5). En ese mismo momento, – ¡¡¡Marquitos!!! – pude comprender de una forma completamente nueva el enfado de tu madre – muchas veces lo hablé con ella – con una cierta persona y un cierto “aquelarre”.

Marcos, como tantas veces te han dicho y reza en tu DNI (-otra cuestión es que siga apareciendo el adjetivo nacional -), naciste un 15 de diciembre, víspera de la Navidad. Como ya se han encargado tus padres, sabes muy bien que la Navidad es la gran fiesta de un Dios hecho niño. Como enseña un gran teólogo, al que tu padre siempre dice que va a leer y luego no lee, “el niño Jesús se maravilla de todas las cosas: desde la existencia de su amorosa Madre hasta su propia existencia, y a partir de ambas se maravilla de todas las formas del mundo circundante, desde la flor más pequeña hasta el cielo infinito. Pero este maravillarse proviene del maravillarse mucho más profundo del Hijo eterno, que en el Espíritu absoluto del Amor se maravilla sobre el Amor mismo que penetra, anima y excede todas las cosas” (Hans Urs Von Balthasar, Si no os hacéis como niños, 67). Por esa misma razón, ¡¡¡Marcos!!! ¡¡¡Nunca dejes de maravillarte!!!

Pero en esta carta tengo especial interés en que sepas una cosa que no sé si te habrán contado. En ese día en el que te conocí, una de “tus visitas” se sorprendía de la premura con la que tus padres hablaban de bautizarte. “La visita”, como sabes que decimos los de Almedinilla, “miraba” por ti y es que en Enero como que hace mucho frío para bautizar a un niño. Tu padre, y tu madre con él, también como decimos en Almedinilla, como un “basilisco” dijo que si por él fuera: ¡¡¡Mañana mismo!!! Querido Marcos, ahora no sé si serás del Madrid o del Madrid, de Morante o de Morante, de lo que no me cabe la menor duda es de que no faltaras ni un Viernes Santo por la mañana o un 14 de septiembre por la noche a la bendición de quien tu y yo sabemos. Pues bien, cuando estés allí y más ahora que lo sabes, no olvides el gesto de tus padres: quererte bautizar cuanto antes. Vuelvo al autor de los libros que tu padre nunca lee por mucho que lo diga: “El recién nacido al ser bautizado es recibido en la comprensiva y protectora Comunión de los Santos, que […] asume la tarea de formar a los menores de edad hasta llevarlos a su madurez cristiana. Sería injusto frente a ellos introducirlos en la doctrina y la existencia cristiana como si fueran pequeños paganos y catecúmenos, y dejar que en un momento – difícil de determinar – elijan la fe de un modo responsable. Para adquirir esa madurez ellos necesitan, por una parte, de esa misma gracia bautismal […] No nos olvidemos que desde su origen el niño trae consigo algo así como un instinto de fe invulnerable, que constituye un capital inapreciable para ser formado en la fe cristiana, incluso luego de haberse realizado en su conciencia infantil la separación entre el Bien divino y el humano”. Me explico en esto último: para un niño como lo fuiste tú, en un principio no hay distinción entre el amor de sus padres y el amor de Dios. De ahí que tu tarea y la mía sean, en su esencia, el ser permanente agradecidos a unos padres y a Aquel que les confió nuestras vidas a nuestros padres. – ¡¡¡Marcos!!!, ese es el verdadero camino.

Tu cura que te quiere.

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