Rita y Fidel en el Purgatorio


La expectación era inusitada en el Cielo de “presciencia eterna” por los dos nuevos candidatos a plaza en “propiedad celestial”, enumerados en el titulo por riguroso orden de presentación. Claro que, como suele suceder, “tarde de expectación, tarde de decepción”. Las cosas, en esta ocasión, no han sido a “usos y costumbres”. Por una vez y sin que sirva de precedente, Pedro no ha dado paso, acto seguido, al juicio divino. Ha tenido la feliz ocurrencia de invitar a Tomás Moro y para no atascar la recepción ni presionar a los recepcionistas, ha llevado a los concursantes a una sala ad hoc: el purgatorio.

Santo Tomás Moro, patrono de los políticos, por si tuvieran o tuviesen algún tipo de duda, les muestra sus credenciales:

“-Viví la política varios años, duros años, y en ellos aprendí el horror del poder y, puesto que comprar seres humanos no está en mi mano, como tampoco el ser comprado, no quise ganar el mundo al alto precio de mi alma. Al final, viendo la siempre posible corrupción, me hice hombre libre al liberarme de aquel mundo. Pero la marca del poder, esa oscura fuerza, sigue aún calentando mis manos como una vieja tentación, pues ser dueño de hombres es ser un dios, y ser un dios hace olvidar el obligado paseo humano con el dolor y la muerte”.

Tomás tiene especial interés en que los candidatos sean conocedores de la recomendación de Pablo de Tarso, fielmente guardada y cumplida por la Iglesia a lo largo de los siglos: “Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1 Timoteo 2, 1-2). Es más, como por sus múltiples ocupaciones, intuye Tomás Moro no habrán podido los candidatos estar muy atentos a la enseñanza del Papa Francisco, se toma la confianza de evocarles el siguiente pasaje: “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. […] ¡Ruego al Señor que nos regales más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos” (Evangelii Gaudium, 205).

Pero Tomás, con toda la flema e ironía británicas, ha ideado la sutil de travesura de someterlos a ellos, que tantos mítines protagonizaron, a que prueben su misma medicina. Conviene no olvidar, que como cuentan sus biógrafos, Tomás Moro es un consumado satírico, acerado fustigador de abusos regios y hombre que se ríe de todos aquellos que se toman demasiado en serio. La idea es que padezcan ellos mismos una “perorata mitinera” de oradores de diverso pelaje. (-Es lo que tiene la otra vida, que con facilidad se puede echar mano de todo aquel que se quiera como si de una biblioteca se tratara).

Por aquello de la caballerosidad, se da la palabra en primer lugar a la filósofa Hannah Arendt. Usando de ironía, lanza así el siguiente dardo:

“-Desde luego, para las ciencias políticas y sociales tiene gran importancia el hecho de que sea esencial en todo gobierno totalitario, y quizá propio de la naturaleza de toda burocracia, transformar a los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaría administrativa, y, en consecuencia, deshumanizarles. Y se puede discutir larga y provechosamente sobre el imperio de Nadie, que es lo que realmente representa la forma de administración política conocida con el nombre de burocracia”.

A estas alturas los candidatos han pasado por alguna que otra tonalidad propia del rubor. Ahora aparece, sin avión eso sí, el autor del Principito, Antoine de Saint Exupéry. Ni corto ni perezoso, y en un francés melódico, les instruye:

“-Cuando los hombres se alejan de Dios, los gobiernos se desorientan, las mentiras crecen sin límites, las deudas se vuelven impagables y las conversaciones dejan de ser fructíferas. Entonces, la ilustración se muestra desatinada, los políticos sin carácter, los cristianos sin oración, la Iglesia sin fuerzas, los pueblos sin paz, las costumbres sin freno, la moda sin vergüenza, los crímenes sin medida, los discursos sin fin y las esperanzas sin consuelo”.

Por aquello de la paridad y de la sintonía con Fidel, Tomás Moro ha sacado a la tribuna a la incalificable Simone Weil. Ella, ni corta ni perezosa, les recuerda:

“-El auténtico espíritu de 1789 no consiste en la idea de que una cosa es justa porque el pueblo la quiere, sino en que, con ciertas condiciones, la voluntad del pueblo se corresponde ante todo con la justicia, y no con cualquier otra voluntad”.

El siguiente orador, provoca la sorpresa de Fidel. Es el mismísimo Simón Bolívar y ahora lo tiene en su presencia. El libertador, no da pie a muestras de afecto y ni corto ni perezoso, les recuerda una afirmación suya:

“-Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”.

El siguiente orador, – todo hay que decirlo – está bastante cansado de que en los dichosos y tan de moda Think tank, como por ejemplo el “popular” FAES, no se le estudie como debiera… Por eso, para Jacques Maritain, es la ocasión de oro para poder soltar algo – también ni corto ni perezoso – que siempre le corroía por dentro:

“-Para Maquiavelo el fin de la política es la conquista del poder y la conservación del poder, lo cual es una obra de arte que hay que realizar. En cambio, y de acuerdo con la naturaleza de las cosas, el fin de las cosas, el fin de la política es el bien común de un pueblo unido; ese bien es en esencia algo concretamente humano, y por lo tanto algo ético”.

Los dos siguientes oradores si que terminan de propiciar el completo en la gama de “coloraos” de los candidatos. Ambos, los oradores se entiende, les van a hablar, ni cortos ni perezosos, con contundencia. Solo se recoge, por razón de espacio, lo más señalado de sus intervenciones. Primero Adolfo Suarez:

“-Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”.

Segundo, Oswaldo Payà, fundador del Movimiento Cristiano Liberación de Cuba:

“-La ley es siempre perfectible y debe estar en función de la realización integral de la persona”.

A estas alturas, ya Tomas Moro ha podido constatar que, a lo mejor, la broma para los candidatos está siendo sumamente pesada. Moro cierra el mitin de la mejor forma que sabe. Les recuerda, ni corto ni perezoso, una de sus oraciones y los manda ya definitivamente a San Pedro:

“-Cuando mi alma sencilla haya concluido el viaje de esta vida mortal y tenga que comparecer sola, sin la carne, su compañera, ante tu mirada, te ruego Señor, que pueda encontrarte, manantial de compasión, en tu señorío, no como a un juez, sino como a un Padre amoroso y lleno de ternura”.

Nota bene: Conste en acta que cuando ya tenía ideada la fabula, me encuentro con que el filósofo Gabriel Albiac, en el diario ABC, ha hecho algo muy parecido, solo que en su artículo manda al Coma-Andante a los infiernos. ¡Cosas de la vida!

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