Don Camilo entorna la Puerta Santa


A esta hora de noche de domingo en que pongo negro sobre blanco estas letras, ya Don Camilo, párroco de Brescello, habrá cerrado la puerta de la casa rectoral. Seguramente, e infructuosamente, habrá esperado el milagro de que la habitual lata de sardinas en escabeche, que es su cena de domingo a domingo, se hubiese convertido en una suculenta lubina. A estas horas “morfeo” le puede y a duras penas es capaz de poder cumplir el dicho de “las Completas mientras te quitas las calcetas”. Pero esta fría y lluviosa noche de domingo tiene algo diferente. Ya que también en Brescello – En la llanura del valle del Po – ha tenido lugar la clausura del Año de la Misericordia. Pero Don Camilo ha tenido una repentina idea. Una idea que lo deja intranquilo puesto que de realizarla, como así ha hecho, faltaría a una de las divisas de las que suele hacer mayor gala: la obediencia. Repentinamente se le ha ocurrido la idea de que más que cerrar la Puerta Santa de la Misericordia, como mandan los cánones, habría que dejarla, al menos, entornada. ¡Estas son las genialidades de Don Camilo! ¡Son sus cosas! Claro que para comprender “sus cosas”, habrá que introducir a los “no iniciados” en la realidad de Brescello y en la persona de D. Camilo. Brescello es un lugar en el que sopla un aire especial, de modo que desde ese dato “se comprende mejor a don Camilo, a Peppone [Alcalde comunista de Brescello] y a toda la otra gente. Y nadie se asombra de que el Cristo [Bendita imagen de Nuestro Señor Crucificado que preside el retablo mayor de la Iglesia de Don Camilo] hable y de que uno pueda romperle la cabeza a otro, pero honradamente, es decir, sin odio. Tampoco asombra que al fin dos enemigos se encuentren de acuerdo sobre las cosas esenciales”.

Don Camilo y Peppone son claramente las fuerzas vivas de la comunidad. Peppone es el alcalde comunista del pueblo, don Camilo el párroco. Ya desde el principio de esta “guerra fría” hay toda una declaración de intenciones de ambos contendientes. Si el párroco ha pronunciado una enérgica homilía contra los representantes de la izquierda en época de elecciones, la respuesta de los feligreses de Peppone será propinar al párroco un “solemne garrotazo” con “nocturnidad y alevosía”. Tras el solemne suceso, cuando Don Camilo llega a casa, va a contarle al Cristo lo acontecido en su “testa”. El Cristo le aconseja perdonar las ofensas, pero Don Camilo objeta que se trata de palos, no de ofensas, y además contra un ministro del Señor. A continuación se produce el siguiente diálogo:

“-¿Y yo acaso no era más ministro de Dios que tú? ¿Y no he perdonando a quien me clavó en la cruz?

-Con vos no se puede razonar – había concluido don Camilo -. Siempre tenéis razón. Hágase vuestra voluntad. Perdonaré. Pero recordad que si esos tales, envalentonados por mi silencio, me parten la cabeza, la responsabilidad será vuestra. Os podría citar pasos del Viejo Testamento…

-Don Camilo: ¡vienes a hablarme a mí del Viejo Testamento! Por cuanto ocurra asumo mi responsabilidad. Ahora, dicho entre nosotros, una zurra te viene bien; así aprenderás a no hacer política en mi casa”.

Pero lo dicho hasta el momento, en realidad, es nada. Es nada si se compara con el intento de sabotaje a una de las posesiones más preciadas de Don Camilo: su moto. Nuevamente Don Camilo acude al Cristo de su iglesia. Pero el Cristo parece hacerse el remolón y el “poco comunicativo”, y Don Camilo queda contrariado y se aleja cabizbajo, hasta que el Cristo lo llama:

– No te aflijas, don Camilo – susurró el Cristo -. Sé que ver que hay hombres que dejan malograrse la gracia de Dios es para ti un pecado mortal, pues sabe que yo bajé del caballo para recoger una migaja de pan. Pero es preciso perdonarlos porque no lo hacen para ofender a Dios. Ellos buscan desesperadamente la justicia en la tierra porque ya no tienen fe en la justicia divina, y desean fervientemente los bienes terrenales porque ya no tienen fe en la recompensa de los cielos. Por eso sólo creen en lo que se toca y en lo que se ve, y los aviones son para ellos los ángeles infernales de este averno terrestre que en vano tratan de convertir en paraíso. Es el exceso de cultura lo que conduce a la ignorancia, pues si la cultura no está sostenida por la fe, llega un momento en que el hombre sólo ve la matemática de las cosas. Y la armonía de esta temática se vuelve su Dios y se olvida de que es Dios quien ha creado tal matemática y armonía tal. Pero tu Dios no está hecho de números, don Camilo, y en el cielo de tu Paraíso vuelan los ángeles buenos. El progreso hace que el mundo sea cada vez más pequeño para los hombres: algún día, cuando las máquinas vayan a mil por hora, el mundo les parecerá a los hombres microscópico y entonces el hombre se sentirá como un gorrión en la cúspide de un altísimo mástil, y se asomará al infinito y en este infinito volverá a encontrar a Dios y la fe en la vida verdadera. Entonces odiará las máquinas que han reducido el mundo a un puñado de números y las destruirá con sus propias manos. Por el momento no temas: […] tu ciclomotor no corre ningún peligro”.

Dicho esto “el Cristo sonrió y don Camilo le dio las gracias por haberlo traído al mundo”.

Así se entiende, – ¡con semejante canto a aquello de la “letra con sangre entra” – la decisión de Don Camilo de no cerrar sino entornar la Puerta de la Misericordia. En Brescello, a criterio de su párroco, continuará el jubileo pues para su “Cristo” todo es Año de Gracia.

Post Data: Se ruega encarecidamente al heroico lector que ha llegado hasta esta línea, que si conoce al párroco de Almodóvar, en el valle del Guadalquivir, procure no establecer paralelismo alguno con el párroco de Brescello, en el valle del Po. Es cierto que en ambos casos hay moto, alcalde/alcaldesa comunista, Cristo presidiendo el altar mayor de la Iglesia, templo jubilar con motivo del Año de la Misericordia pero, como en las películas de Antena Tres, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
El párroco de Almodóvar goza en este momento de las consecuencias de un catarro “de caballo” por ir en moto en pleno mes de noviembre. El párroco de Brescello no sufre tales catarros, aun yendo en moto en noviembre, porque sólo vive en la novela de Giovanni Guareschi, Don Camilo.

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