Neoyorkino, judío y ligeramente histriónico


Sí: Neoyorkino, judío y ligeramente histriónico mas no me refiero al difícilmente calificable Woody Allen, sino a un tal Jonah Daniel Jacobstein, protagonista de la novela -¡Con dos roturas de narices judías! – El libro de Jonah (Barcelona 2015) cuyo autor es un tal Joshua Max Feldman –Primerizo en estas lides como se dice en la solapa-.

La novela – El más espabilado lector no llegará a poder salir de la duda de hasta qué punto se encuentra ante una autobiografía encubierta – narra las peripecias materiales y espirituales del tal Jonah en las que no deja de resonar la experiencia vital del Jonás bíblico para el que Dios dispuso un gran pez que se lo tragase y estuviese en el vientre del pez tres días y tres noches, antes de tener que cumplir la misión encomendada de llamar a conversión a Nínive con todos sus ninivitas.

Jonah vendría a ser, en un arcaísmo de los 80, un yuppie que ha triunfado en la abogacía y al que aparentemente parecen irle muy bien las cosas como “triunfador digno de todo tipo de envidias”. De repente todo empieza a desmoronarse y – he te aquí – que comienza a dibujarse en su vida un “proceso” al que uno como católico definiría con un “solo palabro”: Conversión – Si bien es cierto que se trata de una conversión que no se sabe muy bien si a su fe judía originaria o a otro tipo de credo-.

El cuadro sintomático descrito ofrece una serie de pinceladas en su autodiagnóstico en las que se intuye que no estaba muy cerca de lo que, después de 424 páginas, se convierte en resultado final. Prueba de ello: “Comprendía la divinidad igual que la mayoría de la gente comprende el wi-fi. Pero, sin duda, no creía que ese metacampo, estuviera donde estuviera, desempeñara algún papel en la vida humana. Desde luego, no lo desempeñaba en su vida” (110). Sin embargo, página siguiente, “siempre había estado convencido de que les esperaba un gran destino. Siempre había creído en Algo Más” (111).

La descripción del “proceso” – Claramente más complejo que el mismísimo pruces catalán – va ofreciendo pistas como las que se pueden percibir al leer la narración de la ruptura con su hipotética novia Sylvia con la que todo estaba encaminado al “trance” de compartir un loft: “a pesar de todos los lujos de cualquier loft que pudieran compartir: siempre les faltaría algo. […] El pensamiento pareció desmoronarse desde un principio. ¿Qué tenía que ver exactamente eso con Dios?” (123).

Pero la novela, cargada de simbología, gira en torno a las visiones que el tal Jonah va teniendo y que lo irán marcando en su devenir espiritual. Una de esas visiones, más material que la descrita a continuación, sucede cuando empieza a ver con unos ojos diferentes a los que hasta el momento había empleado, el pasotismo de sus conciudadanos neoyorkinos ante una mendiga; ya que “lo que de repente le impulsaba no era la mujer, ni siquiera cómo reaccionaban los demás a la mujer: era el hecho de haberse dado cuenta, de no poder ignorarlo” (130).

La otra visión, verdaderamente determinante, consiste en que empieza a ver a todo el mundo de su alrededor desnudo – ¡Me excuso de hacer cualquier tipo de glosa al hecho! -. “Detrás de la ropa de cada neoyorquino, detrás de su trabajo y de su título y de su urgente razón para estar en la acera, había un ser humano desnudo: y él también lo estaba… Y Jonah lo encontró desgarrador” (158). Así, empiezan a “martillearle el coco” preguntas como: “¿Por qué no podía llevar su vida como quería, con tanta insensible indiferencia hacia los demás seres humanos como deseara?” (183). “¿Por qué no adaptarse a esa conciencia crónicamente afligida?” (222).

De repente entra en acción – en forma de historia paralela hasta que pierde el carácter de paralela por el correspondiente enamoramiento – Judith. También judía y triunfadora, hija única a la que la vida le ha dado el palo de perder a sus padres por volar en uno de los aviones estrellados contra las Torres Gemelas: “-Nunca superó lo que les pasó a sus padres. […] Lo único que aprendí en rehabilitación es que la gente cartesiana es que se toma peor estas cosas. ¿Lo sabías?” (306). El escenario, ahora, pasa de Nueva York a Ámsterdam donde Judith conoce a un Jonah que en este momento “era soltero, no tenía trabajo, no le debía nada a nadie. Podía seguir colocándose en Ámsterdam todo el tiempo que quisiera. […] ¿acaso le hacía daño a alguien?”. Si bien, ya en estas circunstancias, y tal como describe un tal Max, Jonah “[…] sufre de una singular dolencia. Cree en Dios. […] Él no cree en esa cálida sensación que te rodea después de hacer yoga. Él cree en Dios a la manera antigua y obsoleta: un anciano blanco, de larga barba blanca” (317).

Todo se enmaraña y el escenario se traslada ahora a las mismísimas Las Vegas – Comprenderá y valorará el lector que un servidor está realizando el sobresfuerzo de no incluir glosa sobre el ínclito Donald Trump – donde se añade al contubernio la figura del Pastor de la Iglesia Nadie Tiene Mayor Amor que no se cansa de repetir “el desierto se acerca” (364). “El Jonah”, ya de estas páginas finales, ha descubierto que “lo que realmente añoraba era una vida que le resultara familiar: que le resultara natural, normal” (362).

La cima de la novela se alcanza cuando Judith, realmente enfadada, le espeta: “¿Qué pensabas, que me iría contigo? – dijo Judith -. ¿Qué renunciaría a mi vida, porque ese es el deseo de Dios? No seas estúpido, Jonah. El mundo no funciona así. Funciona de la siguiente manera: nos hacemos sentir bien durante un par de horas y no nos volvemos a ver nunca más. […] Esto es lo único que puedes hacer por mí” (404). Y, poco más adelante, un Jonah, en oración, concluye el relato: “-Nunca he sabido qué significa ser un hombre de Dios. No sé que he hecho, ni si ha sido según tu voluntad o no. No sé que es el mundo, y cuando te veo en él, es solo a atisbos. En el mundo hay muchas más cosas que sé que no son tú. ¿Cómo puedo vivir en un mundo que no puedo comprender? ¿Cómo puedo servir a un Dios cuya voluntad no comprendo? Para mí sería mejor morir que vivir”.

“[…] y Dios le dijo a Jonah: ¿Acaso no hay muchas más cosas bajo el cielo que la sombra?” (421).

Lector inquirat. Altamente recomendable.

Post Data: Un servidor pide perdón si ha fastidiado la presumible lectura de la novela desvelando en exceso la trama.