Guadalupe, D. Javier, los jóvenes y otras cosas “no del montón”


Escribir estas líneas cuando acabas de regresar de un fin de semana rodeado de casi 800 jóvenes pueda llegar a convertirse en un “placer de dioses”. Y no por el silencio que suele ir aparejado al ejercicio de la escritura sino porque de lo que está lleno el corazón habla la boca. Ser testigo de primera mano de la “vigésimo primera” experiencia de peregrinación a Guadalupe por parte de los jóvenes de nuestra diócesis es siempre un “baño de Espíritu” y un “regodeo” por la pertenencia a este pueblo que es la Iglesia. Claro que para un servidor, “mentar” la “Marca” “Peregrinación a Guadalupe”, supone siempre traer al recuerdo la figura de Javier Martínez Fernández, Obispo de Córdoba entre los años 1996 al 2003 e “inventor de esta “movida” que de seguro ha dado tantos frutos espirituales a la Diócesis de Córdoba y, a la postre, actual Arzobispo de Granada. Ya alguien decía que “en una sociedad como esta no se puede crear algo nuevo si no es con la vida: no hay estructura ni organización o iniciativa que se sostengan. Solamente una vida nueva y diferente puede revolucionar estructuras, iniciativas, relaciones, todo” (O. Grassi). Pues este “Guadalupe para jóvenes” está lleno aún de la vida y el carisma de este Obispo, ciertamente “peculiar” para muchos y de ahí que para intentar describir el fenómeno se tenga que acudir a una serie de “cosas no del montón”. A saber: propuestas, intuiciones, estilos, certezas que no siempre pertenecen al “común de mártires o de vírgenes”.

Evocar a D. Javier es poder remitirte a personajes “no del montón” como Von Balthasar para el que “pudiera muy bien ocurrir que en los grandes literatos [véase por ejemplo la gran literatura francesa de la primera mitad del siglo XX: Bloy, Péguy, Claudel, Bernanos] hubiera más vida intelectual original y grande, y capaz de crecer al aire libre, que en nuestra teología actual, de aliento algo corto y que se contenta con hacer poco gasto”.

Evocar a D. Javier es poder remitirte a personajes “no del montón” como Bernanos para el que “para ser un santo, ¿qué obispo no daría su anillo, su mitra, su cruz pectoral, qué cardenal no daría su púrpura, qué pontífice no daría su vestido blanco, sus camareros, sus guardias suizos y todos sus bienes temporales? ¿Quién no quisiera tener la fuerza para correr esta admirable aventura? Porque la santidad es una aventura, es incluso la única aventura. Quien lo ha comprendido una vez ha entrado en el corazón de la fe católica, ha sentido estremecerse en su carne humana un terror distinto del de la muerte, una esperanza sobrehumana. Nuestra Iglesia es la Iglesia de los santos. Pero, ¿quién se preocupa de los santos? Se quisiera que fuesen viejos llenos de experiencia y de política, y la mayoría son niños”.

Evocar a D. Javier es poder remitirte a personajes “no del montón” como el filósofo Alasdair MacIntyre para el que (- Esta vez, y sin que sirva de precedente, uso estilo indirecto -) todas las virtudes morales del mundo no valen lo que un átomo de fe. La raíz del escándalo (-Algo realmente escandaloso para MacIntyre-) es que los hombres perciban sencillamente en los cristianos la ausencia de la fe, o la falsedad de una fe que tiene que tratar de hacerse creíble a base de añadirle adornos y pasatiempos, aunque esos adornos o esos pasatiempos se disfracen de valores morales, incluso de valores morales atléticos.

Evocar a D. Javier es poder remitirte a personajes “no del montón” como el teólogo francés Henri de Lubac para el que “la gracia del catolicismo no nos ha sido dada para nosotros solos, sino mirando a los que no la tienen, como la gracia de la vida contemplativa, como bien lo entendió santa Teresa, es dada a almas elegidas en favor de los que penan en los trabajos de la vida activa. La fidelidad a esta gracia que nos hace miembros de la Iglesia exige, pues, de nosotros dos cosas: concurrir a la salvación colectiva del mundo, tomando parte, cada cual según su propia vocación, en la construcción del gran edificio del que debemos ser a la vez obreros y piedras; y concurrir al mismo tiempo, con toda nuestra vida cristiana, a la salvación personal de aquellos que permanecen aparentemente infieles”.

Llegados a este punto, y si estas líneas han llegado a la pantalla de algún “purista” o “vaticanista” de la ciudad o de la provincia de Córdoba, sepa el susodicho que la “no evocación” de otras referencias más “javierinas” como las de san Efrén o la de “Don Gius” no ha sido por olvido sino por la premura de escribir el texto a última hora de un domingo y tras un largo “finde” con “victimas/os de la ESO”.

 

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