Test para católicos de comunión diaria


Lo del título no va con ánimo de exclusividad. Tampoco se trata de un “test” al uso. En cualquier caso, si el mismo “ha caído” en tu pantalla, te invito a que dediques, al menos, cinco minutos a intentar resolverlo. Como ya se ha dicho no es un “test” al uso, de ahí que la respuesta no sea “b” o “c” sino que la respuesta será la sensación – o el “espectro” de sensaciones – que pueda provocarte cada una de las preguntas. Así que “suerte y al toro”:

Primera batería de preguntas. Serían las preguntas con las que el “cuñao de turno”, ya con ciertos niveles etílicos rebasados, podría arruinarte o alegrarte -¡Vete tú a saber! – el perol en la parcela de tus suegros:

¿Se puede experimentar a Dios? (4).

Si Dios ha creado el mundo por amor, ¿cómo es posible que esté tan lleno de injusticia, opresión y dolor? (6).

¿Por qué el ser humano tiene miedo a necesitar de cuidados? (82).

¿Qué significa libertad? (106).

¿Por qué no es suficiente la justicia por sí sola? (111).

¿Es el trabajo un castigo de Dios? (135).

 

Segunda batería de preguntas. Serían las preguntas por las que llegarás a la conclusión de que tu participación en la “escuela de padres de turno” sería perfectamente sustituible por unas “cañas” en la Corredera:

¿Se puede educar el amor al prójimo? (16).

¿Qué es el perdón? (277).

¿Qué puedo hacer para no vivir mi compromiso de manera solitaria? (316).

 

Tercera batería de preguntas. Serían las preguntas que con toda la facilidad del mundo – y seguramente por descuido de los guionistas no ha sido así – automáticamente se convertirían en los 2 minutos de oro del Intermedio, es decir, en carne de cañón de comentario del ínclito Gran Wyoming:

¿En qué son iguales y en qué son diferentes el hombre y la mujer? (59).

¿Cómo se puede ayudar a una mujer que se haya quedado embarazada tras una violación? (75).

¿Cómo ha de valorarse el diagnóstico genético preimplantacional (DGP? (76).

Y las familias que sí pueden tener hijos, ¿cuántos deben tener? (129).

¿Es siempre bueno el bienestar? (166).

¿Ha de aceptar la Iglesia todas las resoluciones democráticas? (220).

¿Hasta dónde llega el derecho de la mayoría en la democracia? (222).

¿Cuáles son las condiciones para una “guerra de defensa”? (290).

¿Qué normas han de observar los soldados en la guerra? (292).

 

Cuarta batería de preguntas. Serían las preguntas cuya simple formulación provocarían en tu cara un número de registros mayor al de los registros cuantificables en los rostros de nuestros paisanos Josep Montilla (catalán de Iznájar) al iniciar un discurso en la lengua de Ramón LLul o al de nuestro otro paisano el Maestro Juan Serrano, Finito de Córdoba, al disponerse a recoger el estoque para la última de las suertes (antes ha tenido uno de aleación que, por su menor peso, ha facilitado la lidia):

¿Cuánto ha de involucrarse la Iglesia en las cuestiones sociales? (31).

¿Qué dice el principio de laicidad? (214).

¿Cómo debería actuar Europa con los emigrantes desde la perspectiva de la unidad de la familia humana? (249).

¿Qué es el comercio justo? (252).

¿No están arrebatando las generaciones actuales algo que la venideras necesitarán para vivir? (262).

¿Ser cristiano es un asunto privado? (305).

¿Me puedo involucrar en un partido político, aunque sus posiciones no siempre coincidan con las de la doctrina cristiana? (319).

¿Puede un cristiano criticar a la Iglesia en público? (324).

¿Cómo puede darse una convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes? (328).

 

Quinta batería de preguntas. Serían las preguntas por las que si vas a tu párroco de guardia y se las fórmulas, podrás comprobar que “un color se le viene y otro se le va”:

¿Cuáles son los principios de la doctrina social católica? (84).

¿En qué consiste el principio de subsidiariedad? (95).

¿A qué se refiere la doctrina social de la Iglesia con su petición de participación de los trabajadores? (145).

¿Cuáles son los “pecados” de la economía? (190).

¿Puede la Iglesia modificar su doctrina y adaptarla al espíritu de los tiempos? (318).

 

Sexta batería de preguntas. Serían las preguntas, por las que, si fuese ocasión, te vestirías de hombre anuncio y no pararías de ir “acera arriba” y “acera abajo” de las calles Génova o Ferraz y etc con un cartel – cara A y cara B – con las infrascritas preguntas impresas:

¿Qué aporta la familia a la sociedad? (119).

¿Por qué el Estado y la sociedad deben hacer algo por la familia? (131).

¿Qué significa concretamente “políticas familiares según el principio de subsidiariedad”? (133).

¿Qué es la corrupción y como se puede combatir? (194).

¿Para qué y cómo “sirven” los partidos? (211).

 

Séptima y última batería de preguntas. -¡Claro que en realidad es una sola la pregunta!-: ¿A qué viene tanto “numerito” entre paréntesis? De esta pregunta sí que se ofrece la respuesta:

Docat ¿Qué hacer? La Doctrina Social de la Iglesia con prólogo del Papa Francisco. A saber, un libro, capitaneado por el Cardenal C. Schönborn, que intenta acercar, especialmente a los jóvenes, esa gran desconocida que es la Doctrina Social de la Iglesia. Ya que, en palabras del Papa, “un cristiano, si no es revolucionario, en este tiempo, ¡no es cristiano!”. Doctrina Social de la Iglesia que fue la “movida” iniciada por un tal León XIII, allá por el año 1981, al decir cosas como esta: “Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo”.

 

1 Comentario

  1. Mientras el cristiano no se crea de verdad que lo es…, a pesar de ser de comunión diaria, se identificara, interior y exteriormente, con el dicho..¡¡¡eso los curas!!!. Yo no mando na !!! donde hay patrón no manda marinero.Y claro, así nos va, que se nos viene y va los colores. Mi optimismo se apoya, frente a este relativismo,también del cristiano…saber que tenemos la mejor herramienta!!! FORMACIÓN!!!

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