Magnífico Rector Villamandos


Según el Diccionario de la Real Academia Española, el adjetivo Magnífico (véase tercera acepción) es el usado como título de honor para algunas personas ilustres y hoy, en España, para los rectores universitarios. Si bien, como primera y segunda acepción, recoge el citado Diccionario: espléndido, suntuoso, excelente y admirable. -¡De ahí el título de estas líneas, muy estimado y Magnífico Dr. D. José Carlos Gómez Villamandos!-. Puesto que me dirijo a usted, Magnífico Rector de la UCO (-¡Cuidado! No confundir con la UCO del Instituto Armado o Unidad contra el Crimen Organizado), empleo la fórmula propia y con el voto por el que su esplendida, excelente y admirable (-No haría falta suntuosidad-) gestión necesariamente sean un bien para la sociedad de Córdoba.

Estimado D. José Carlos, recientemente sabía por la prensa de la aprobación del borrador de los nuevos estatutos de su Universidad y el comienzo de un proceso de debate de los mismos por una comisión constituida para tal efecto. -¡Verá usted! (permítame el tono coloquial), mi condición de “cura de pueblo” me lleva a que permanentemente tenga que escuchar la opinión de tantas y tantas personas de lo que tendría que ser “la renovación de la Iglesia”, “el modelo de cura para el siglo XXI” o lo que habría que llevar a cabo para la tan traída y llevada reforma de la Curia Vaticana (-Es sorprendente la cantidad de vaticanistas que hay por todos lados-). De ahí que en estas líneas que le dirijo, no pretenda hacer otra cosa que un ejercicio de pura higiene mental por la vía del “desquite”; además de reafirmarme en la idea de que en esta sociedad en la que vivimos no sólo será la Iglesia o el clero quien, quizá, necesite reforma.

Para tan presuntuosa y osada encomienda (-Ya le digo, para un servidor, es pura higiene mental-) me “voy a valer” de la opinión de unos cuantos “terceros” y lo que sobre la Universidad han ido opinando. Como le decía al principio también me mueve el que a su persona y su tarea la historia pueda también aplicarle la primera y segunda acepción del adjetivo Magnífico.

La primera de las opiniones la encontraba en un “librito” (126 páginas) titulado Educar en la Universidad de hoy. Propuestas para la renovación de la vida universitaria (Madrid 2015) de los profesores de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense (-No todo en la misma va a ser Pablo Iglesias Turrión-) Fernando Gil y David Reyero. La obra, desde la propia experiencia de estos y otros profesores, ofrece sonidos tan raros para el establishment de lo políticamente correcto como los que siguen: “La Universidad no es un lugar al que acudir para obtener un título académico de alto rango, no es sólo ni principalmente eso. Dicho logro, importante donde los haya, puede querer decir mucho y puede no querer decir demasiado. […] No se trata de disponer de personas con títulos universitarios, sino de disponer de personas que piensen, se muevan y vivan como universitarios” (103).

En diálogo con el pensamiento del cardenal J. H. Newman y su idea sobre la Universidad recuerdan: “Martha Nussbaum, George Steiner, Allan Bloom, Joseph Ratzinger o Alasdair McIntyre, si bien no han compartido por completo la idea de una Universidad newmaniana, han coincidido con el cardenal en el diagnóstico que hace que peligre la idea de una Universidad. Que la forma de entender la razón que se ha instalado en las Universidades es una razón de tipo experimental. Un modo de conocer en el que el único método científico que valdría sería el experimental. Todo aquello que los hombres podemos someter a experimento, eso, sería lo único sobre lo que podemos decir una palabra definitiva. Todo lo demás, y con ello nos referimos a lo que ya sugerimos previamente, a las preguntas de talente metafísico y teológico, al cuestionamiento sobre el sentido de la realidad y de nosotros mismos, quedaría relegado al fuero interno del individuo, que, por cierto, no se presta al experimento y que, por lo tanto, no tiene cabida en la Universidad” (120).

Estimado D. José Carlos, para un servidor es una certeza el hecho de que la universidad cumpla su vocación originaria en la medida en que contribuye a educar una razón abierta a la realidad en todas sus formas, no reticente frente a la profundidad última de los problemas. En este orden, el profesor Augusto Marinelli, – creo con mucho realismo – afirma: “No creo que exista hoy en la universidad la conciencia de ser un lugar en donde se educa en la búsqueda de la verdad. No creo que exista una pasión por el conocimiento y la búsqueda de la verdad como punto sobre el que se funda la verdad académica. Con esto trato de decir que veo la universidad más orientada a objetivos técnicos y a una formación especializada: en resumen, las cuestiones de fondo se dan por adquiridas. Sin embargo, se corre el riesgo de reducir la universitas del saber a la universitas de las nociones: es necesario relanzar un desafío, sobre todo en el momento actual, para recuperar el sentido de la universidad, mirándola en la totalidad de las dimensiones. De hecho, la percepción de la tarea educativa de la universidad puede tener consecuencias muy importantes no solo en la elección de cada profesor, sino en la de quien guía la organización y las facultades” (A. Marinelli, “C’è un capitale umano che vuole crescere”: Il Riformista (4 de diciembre de 2006), 6).

Ya por último, le ahorro D. José Carlos toda una batería de citas del Papa Benedicto XVI al respecto. Le he hablado de unas motivaciones a la hora de escribirle esta misiva, pero – créame – lo que realmente me ha movido es un interés por la Verdad con mayúsculas; interés que pasa por cuestiones más concretas como el intentar responder a preguntas como la que sigue: ¿Cómo puede llevar a cabo la universidad esta vocación suya? Le agradezco D. José Carlos la paciencia y la atención prestada. Aquí queda un servidor para servir a Dios y a usted. Ni que decir tiene que en Almodóvar tiene usted su casa.