Ponga un teólogo en su vida


Decía Borges que, llegado el caso, clasificaría la teología entre los géneros de la literatura fantástica. Y en su famoso discurso en la Universidad de Ratisbona, Benedicto XVI recordó como un colega suyo de la Universidad de Bonn se quejaba de que, en su universidad, hubiese dos facultades (católica y protestante) que se ocupaban de un objeto inexistente: Dios. La cuestión viene de largo ya que esta ciencia, que se esfuerza por presentar a un Dios que es razonable y con el que se puede razonar, parte de unos principios que sólo son admisibles para el creyente. Luego, ¿para qué poner un teólogo en mi vida si no soy creyente? O al menos, ¿hay alguna razón por la que tenga que prestar atención a sus pronunciamientos? ¿Tendría algún tipo de utilidad para aquel al que “las cosas de Dios” quedan en la indiferencia o en la lejanía?

Como no se trata de especular “sin poner los pies en la tierra”, pongamos ahora, negro sobre blanco, el pensamiento o la provocación de algún que otro teólogo. Pongamos, por ejemplo, un san Agustín. Nadie como él ha sido capaz de captar los anhelos, las búsquedas del corazón humano cuando en las Confesiones afirmaba: “Nos has hecho para ti y nuestro conocimiento está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones, Liber I, 1).

Pongamos, por ejemplo, un J. H. Newman. Difícilmente podrá encontrarse una claridad más meridiana que la suya a la hora de explicar las actitudes y disposiciones del ser humano para la fe. Así queda patente cuando enseña como “nuestro gran maestro íntimo de religión es […] nuestra conciencia”. O cuando propone la cuestión desde la siguiente comparación: “La luz es una cualidad de la materia, como la verdad lo es del cristianismo. Pero la luz no puede ser vista por los ciegos, y hay quienes no pueden ver la verdad, no porque la verdad tenga algún defecto, sino porque el defecto está en ellos mismos. No puedo convertir a nadie partiendo de presupuestos que ellos no me quieren conceder, y sin presupuestos nadie puede probar nada sobre nada” (Gramática del asentimiento).

Pongamos, por ejemplo, un J. Ratzinger. A él se deben reflexiones tan profundas e incisivas como la que comenta en este pasaje: “La fe cristiana es mucho más que una opción a favor del fundamento espiritual del mundo. Su enunciado clave no dice creo en algo, sino creo en ti. Es encuentro con el hombre Jesús y en ese encuentro experimenta el sentido del mundo como persona. […] La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que, en medio de todas las carencias y de la última y definitiva carencia que comporta el encuentro humano, regala la promesa de un amor indestructible que no sólo ansía la eternidad sino que la otorga. La fe cristiana vive de que no existe el puro entendimiento, sino el entendimiento que me conoce y que me ama; de que puedo confiarme a él con la seguridad de un niño que en el tú de su madre ve resueltos todos sus problemas” (Introducción al cristianismo (Salamanca 2007) 71).

Hace un par de años leía en un diario de tirada nacional lo siguiente: “Tras un año de sobresaltos por tantas noticias de corrupción […] Para algunos se trata del desbordamiento del hombre por la complejidad de los problemas económicos y de las propuestas financieras […] La real explicación hay que buscarla en la culpa moral”. Al hilo de este planteamiento, conviene recordar el pensamiento de un gran filósofo como es X. Zubiri para el que la teología, por definición, postula la unidad del mundo y, por tanto, una cierta unidad o, al menos, interrelación de los conocimientos de este mundo: del “conjunto de la realidad”. Luego si se quiere conocer la realidad en la que vivimos, si se quiere construir una sociedad mejor, sea uno creyente o no, se debería prestar al menos un mínimo de atención al esfuerzo que en la Iglesia se viene desarrollando desde que san Pedro dejó dicho por escrito: “…dispuestos siempre a dar respuesta a todo aquél que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros” 1 Pe 3, 15. Prestar esa atención pasa por la difícil tarea de superar prejuicios “atávicos” pero – ¡créanme! – el esfuerzo merecerá la pena; además de que, – como hemos podido escuchar en multitud de ocasiones – el “saber no ocupar lugar”.

Luego ponga un teólogo en su vida que le pueda hablar de ese interesantísimo tesoro que es la Doctrina Social de la Iglesia. Ponga un teólogo en su vida que le muestre la belleza del amor esponsal entendidos desde Jesucristo. Ponga un teólogo en su vida que en el ámbito de la educación le pueda orientar sobre cuestiones como sentido, autoridad, vocación o le ayude a resolver preguntas como: ¿Educar en valores o en virtudes? Ponga un teólogo en su vida que le ayude a comprender cuál es el verdadero sentido de la promoción de los pueblos o que le ayude a tener una idea y un criterio en el tan traído y llevado avanzar de la ciencia. Ponga un teólogo en su vida que, en esta nuestra querida Europa, pueda dar alguna nota de la que sería la melodía de la identidad europea y su interpretación en una panorama tan disperso.

En resumidas cuentas y como decía B. Welte, a modo de provocación: ¡Atrévete a pensar, teniendo el coraje de creer! O como venía expresándome en este escrito: ¡Atrévase a pensar, teniendo el coraje de creer!

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