Carta abierta al Excelentísimo Sr. D. Antonio Hurtado.


Señoría:

Sé por la prensa de su misiva (o intento de misiva) al Santo Padre. No sé si recibirá respuesta. Pero me tomo la confianza, ­ un servidor, humilde cura rural ­, de escribirle estas líneas en las que no hay otro propósito que el de recordarle –quizá algo que ya conoce sobradamente – la “buena familia” de la que viene el destinatario de su misiva. Se dirige, su señoría, al Papa Francisco, sucesor de San Pío X, el defensor de la fe frente al racionalismo. Se dirige, su señoría, al sucesor León XIII, el visionario de los problemas sociales desde la óptica cristiana. Se dirige, su señoría, al sucesor de Benedicto XV, el hombre de la mediación y de la paz. Se dirige, su señoría, al sucesor de Pío XI, el defensor de la libertad de la Iglesia frente a los absolutismos políticos. Se dirige, su señoría, al sucesor de Pío XII, el iniciador del diálogo evangelizador de la Iglesia con el mundo moderno, defensor de la justicia y de la paz. Se dirige, su señoría, al sucesor de San Juan XXIII, el Papa de la fortaleza de la humildad y del amor. Se dirige, su señoría, al sucesor de Pablo VI, el Papa fuerte con apariencias frágiles, a quien Dios escogió para dirigir con prudencia y sabiduría el Concilio Vaticano II. Se dirige, su señoría, al sucesor de Juan Pablo I, el Papa de la amabilidad de la sencillez y de la modestia. Se dirige, su señoría, al sucesor de San Juan Pablo II, el misionero universal y luchador indomable contra los abusos del poder y del racionalismo. Se dirige, su señoría, al sucesor de Benedicto XVI, contemplativo, humilde y maestro universal.

En definitiva, se dirige, su señoría, al sucesor de Pedro, aquel que recibió el primado en el testimonio de la confesión de Cristo unido a la corona del martirio. Por eso ahora me permito remitirle a la enseñanza de un tal Joseph Ratzinger que en su día enseñaba que “el primado, como testimonio de la confesión de Cristo, debe comprenderse ante todo partiendo del testimonio responsable y personal del martirio, entendido como  verificación del testimonio en favor del Crucificado victorioso en la Cruz. Sobre el fondo de esta teología del martirio, el primado figura esencialmente como la garantía de la confrontación de la Iglesia en su unidad católica con el poder siempre particular del mundo” (Iglesia, ecumenismo y política (Madrid 1987) 35­53). Y en otro pasaje insiste: “El Papa no es un monarca absoluto cuya voluntad sea ley, sino el custodio de la tradición auténtica y, con ello, el primer garante de la obediencia. Él no puede hacer lo que quiera, y por eso puede también oponerse a quienes quieren hacer lo que se les ocurre. Su ley no es la arbitrariedad, sino la obediencia de la fe. Por eso tiene frente [a cuestiones como la moral o la liturgia] la función del jardinero, no la del técnico que arma máquinas nuevas y arroja las viejas al trastero” (“El desarrollo orgánico de la liturgia”, en J. RATZINGER, Obras completas XI (Madrid 2012) 526).

Señoría, no sé si ha oído hablar de un tal J. H. Newman (­Por ahí circula una especie de leyenda urbana a la que ninguno de sus biógrafos serios da ningún crédito­). Este inglés del XIX, un tipo ­¡créame! – nada dado a obediencias o servilismos contrarios a la razón, llegó a decir: “Caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa – desde luego, no parece cosa muy probable ­, beberé ‘¡Por el Papa!’, con mucho gusto. Pero primero ‘¡Por la conciencia!’, después ‘¡Por el Papa!’” (Carta al Duque de Norfolk (Madrid 2005) 82). Claro que en otro momento mantuvo con verdadera pasión: “Suponiendo que el Creador decidiera intervenir en la historia de los hombres y tomar medidas para que entre ellos se conserve algún vestigio de su Presencia lo suficientemente definido e innegable para hacer frente con éxito al escepticismo, en tal caso – no me parece a mí que ese sea el último camino ­, no tiene  porque ser antirracional el que Dios introdujera en el mundo un poder que tuviera la prerrogativa de la infalibilidad en asuntos religiosos. Semejante medida sería un medio directo, inmediato y rápido de resolver la dificultad; sería un instrumento muy ajustado al problema. Pues bien, cuando veo que eso es justamente lo que afirma la Iglesia Católica sobre el Papa, no sólo no tengo la menor dificultad en aceptar esa idea sino que me parece tan oportuna en nuestro tiempo que se abre paso por sí sola en mi cabeza.

Esto me lleva a hablar de la infalibilidad de la Iglesia como una medida que la misericordia del Creador quiso para preservar la religión en el mundo, para refrenar una libertad del pensamiento que si, en sí misma, es uno de los grandes dones naturales que tenemos, también es capaz de desafueros suicidas de los que hay que rescatarla”(Apologia pro vita sua (Madrid 1996) 242­243).

Sin más, por la presente, me despido de su señoría. Le agradezco de antemano la atención prestada, lógicamente en el caso de que realmente hubiese sido prestada. ¡Qué Dios lo guarde muchos años!

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