Casi, pero todavía no

90

coronavirus
Test del Covid-19./Foto: LVC

Casi hemos conseguido llegar a las vacaciones, pero todavía no. Un gran número de españoles disfrutamos de nuestro merecido descanso en el mes de agosto. Y si cada año cuando se va aproximando la fecha se nos van haciendo esos días cada vez más lejanos, en este ya, ni te cuento. Y es que aún no sabemos muy bien qué pasará en estos días que nos acercan y a la vez nos alejan de esa fecha.

Cuando el bichito, Covid-19, parecía que estaba mínimamente controlado, comienzan a saltar rebrotes por doquier. Y mucho me temo que no tenga solución. Nos creemos inmortales, tratamos esta maldita pandemia como si no fuera con nosotros. Pero está visto que no podemos bajar la guardia. 

Yo estoy con aquellos que dicen que no hemos visto las consecuencias del no actuar con responsabilidad. Que se nos han ocultado los miles y miles de féretros amontonados sin saber dónde llevarlos por su cantidad diaria, el dolor de los familiares de no poder siquiera despedirse de sus seres queridos, la falta de información facilitada por ignorar los datos personales de los pacientes ante la aglomeración masiva en los pasillos y salas de espera de los hospitales.

Hemos visto poco, muy poco. Y el ser humano necesita ver y sentir el dolor hasta su máxima profundidad para ser consciente de que esto va con él. Que no es cosa que le ocurra a los demás y de lo que si no lo veo no me pasará. Y para muestra un botón.

Hemos pasado un tiempo larguísimo de estado de alarma. Tiempo más que suficiente para habernos puesto las pilas y para pensar detenidamente en lo que estábamos viviendo. Pero en lugar de eso, hemos llenado nuestras horas grabando canciones, saliendo a las terrazas y balcones a aplaudir a los sanitarios, a los transportistas, a todos aquellos que estaban en primera línea de batalla, pero sin ser conscientes de que nuestro mejor homenaje hubiese sido el percatarnos de la gravedad del asunto.

Mucho resistiré, muchas palmas, pero a la primera de cambio, en cuanto nos permitieron salir, es como si el bichito hubiese dejado de existir. Ya no hay problema, ya podemos abrazarnos, besarnos, compartir tertulias en los bares, celebrar botellones y hasta festejar en una discoteca un final de curso.

Y lógicamente, volvemos a caer, volvemos a infectarnos de ese virus que en ningún momento se ha debilitado, que sigue estando aquí, con la misma fuerza que al principio, pero más valiente al vernos más desprotegidos.

Tienen las autoridades que amenazarnos con multas (el que nos toquen el bolsillo es de lo que más duele) para que seamos conscientes de la realidad. No nos basta con ver cómo vuelve la curva de los contagios a subir hasta superar a la del mes de marzo. 

Y yo me pregunto ¿tan torpes somos?

Este fin de semana, para alejarnos un poco de las altas temperaturas de nuestra querida ciudad, hemos ido a la playa. Playa oficial, en la que nadie te señala metros de distancia, en la que el aforo no está establecido, en la que se nos olvida que allí, también está el virus.

La gente iba posicionándose en el primer hueco que había, sin respetar distancia de seguridad y como si nada pasase. Y el número de infectados, cada día subiendo más y más.

Por eso estoy temerosa. Veo que, en apenas dos semanas, al alcance de mi mano, casi tocándola con mis dedos, tengo mis vacaciones. ¿Y si en estos días sigue aumentando el número de contagios y comienzan a evitar los desplazamientos de una ciudad a otra?

Nuevamente por la irresponsabilidad del ser humano podemos quedarnos en el casi y no llegar a cumplir nuestro objetivo inmediato: poder disfrutar de nuestro merecido descanso.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here