Final de curso especial

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Pilar Fonseca.

Se aproxima un nuevo final de curso. Y nuevo en todos los sentidos. Nunca habíamos tenido que despedir a nuestros alumnos desde una pantalla, nunca tuvimos que dar abrazos virtuales, nunca hacía tantos días en los que no nos veíamos personalmente ni ocupábamos nuestros sitios en las clases. Y una despedida así es triste, te deja como mal sabor de boca al ser tan distinta de lo que para nosotros suele ser. Abrazos, achuchones, buenos deseos de feliz verano, un no te preocupes por el suspenso que queda septiembre, una fiestecilla en clase con el propósito de que todo quedara recogido en la que cada uno aportara alguna chuche y poder hacerse fotos, hasta ahora no permitidas de todos ellos juntos, en fin, una despedida en toda regla.

Nunca, quizás, la separación fue tan dolorosa, porque unido al hecho de que sólo quedan algunos días para finalizar el curso con todos los alumnos, está el saber que los que terminan etapa no tendrán su fiesta de graduación y algunos quizás no se vuelvan a encontrar en mucho tiempo. Muchos abandonan el colegio que les acogió o bien durante toda su etapa escolar, o durante el período de la ESO. De una forma u otra, muchos años, mucho tiempo compartido con sus compañeros, la mayoría ya amigos, y con sus profesores, los cuales llegamos a formar una parte muy importante de sus vidas.

Todos los años por estas fechas, los alumnos de 4º de la ESO y 2º de Bachillerato, llevaban unas pocas de reuniones extras, de preparación de discursos, de detalles para los profesores, de elecciones de trajes y vestidos de lo que sería su ceremonia de despedida de la comunidad educativa que había marchado con ellos, de la preparación de la posterior fiesta en la que querían reivindicar que ya eran mayores, que se les cerraba una etapa, pero que había otra a las puertas, otra que ya no los consideraría tan pequeños, en la que pedirían ser tratados como adultos.

Y ellos se sentían por igual tristes y alegres.

Contentos y hasta eufóricos cada vez que alguno de ellos contaba que había encontrado su traje ideal, que había cogido hora en la peluquería para ese día, que tenía pensado invitar a familiares y amigos (o a más amigos que familiares), etc…

Contentos porque ya estaban las pruebas (antes exámenes) pasados en casi todos ellos, salvo que quedara algo que recuperar a última hora. En que por fin iban a ir a otro instituto o a la universidad, donde creen que por el sólo hecho de ir, ya son mayores.

Pero también tristes. Tristes cada vez que se paraban a pensar que tras todo este ir y venir, de quedar las amigas/os para la elección del vestuario, de solicitar a los profesores horas libres de clase para reunirse y elegir la sorpresa con la que agradar a todos los que les habíamos acompañado en su caminar, para preparar el discurso de despedida, y un sinfín de cosas más, recordaban que abandonaban aquella que fue su casa durante mucho tiempo.

Y para los profes, la satisfacción de haberlos acompañado en su crecimiento personal y formativo. Satisfacción por sabernos partes de sus vidas, de conocer su historia y a veces de conocerlos mejor que ellos mismos. Y también la tristeza de dejarlos marchar. En estas ocasiones surge como el deseo de que continuaran siendo pequeños, la pena de que abandonan el barco, que ya no orientaremos su rumbo, que ese puesto será ocupado por otros y la duda de si recordarán quienes los acompañamos en estos años.

Hoy, a las puertas de este final de curso, son muchos los sentimientos que afloran en los dos lados. En los alumnos el acometer esa nueva etapa, realizar ese proyecto para el que se han ido preparando durante su escolaridad, el sentirse menos niños y mucho más jóvenes con un futuro que comienza ya.

Para los profes, ese sentimiento encontrado de orgullo de ver a los alumnos caminar con paso decidido hacia adelante y por otro, de temor al perderlos de vista, de deseo de lo mejor del mundo para ellos, de ternura al intentar protegerlos como una gallina con sus polluelos.

Esta “nueva normalidad” nos ha traído algo más de tristeza al no poderlos siquiera despedir con el protocolo que requiere la ocasión. Pero con los mismos deseos de que todo les vaya de maravilla y la oferta de que estamos aquí para lo que necesiten SIEMPRE.

 

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