¿Levadura? Agotada!!!

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Son muchos los días de confinamiento que llevamos. Poca, muy poca la movilidad que tenemos, al menos yo. Los primeros días por recomendaciones recibidas desde distintos sectores, algo de ejercicio procuraba hacer. Una tabla que mi hijo me mandó, unos estiramientos que mis profes de Pilates me enviaron, un ratito de zumba delante del televisor con mi hija, etc. Pero como pasa con todo, las ganas se me fueron pasando y ya ni siquiera quiero verme con el chándal. Lo primero que hago al levantarme es ducharme y arreglarme, así al menos, me da la sensación de que tengo un poco de normalidad en mi vida y que cuando me cambie será para ponerme el pijama y no hacer ejercicio que cada vez apetece menos.

Y es que ¡¡¡nos ha cambiado tanto…!!!

No me gustaría por nada banalizar la situación. Son demasiados los muertos y los contagiados por esta maldita pandemia que no se puede pasar por ella sin un recuerdo profundo por tantas y tantas personas que lo están sufriendo de una manera bestial. Nada más lejos de mi intención.

Nada, ya nada volverá a ser como antes. Otra manera de trabajar, otra manera de vivir la casa, otra forma de disfrutar de la familia y los amigos, otra manera de tratar con la tecnología y otra forma hasta de comer.

En un principio me sorprendió la noticia de que uno de los productos más demandados en los supermercados era la levadura, ¿a todos nos había dado por hacer pan? Y es que no recordé que la repostería también la lleva. Las veces, pocas, muy pocas, creo que en todo el confinamiento han sido tres, que he salido a comprar, he intentado conseguirla, pero no ha habido forma. Cuando los míos me dicen que van a hacer un pedido de comida y preguntan sin necesito algo, les encargo levadura, pero sin éxito. Está agotada.

Y ahora puedo entenderlo. Nunca hasta este momento hemos llevado en casa tan a raja tabla las cinco comidas diarias. Y al principio, a media mañana y a media tarde, lo hacíamos con fruta, sana y muy recomendable. Pero como de todo se cansa uno, a partir de la tercera semana decidimos regalarnos con algo más suculento, por cambiar, algo distinto y mi hija hizo un bizcocho. Esponjoso, suave, no excesivamente elaborado pero buenísimo. Y ya nos ha dado pereza volver a la fruta. Esperamos como agua de mayo a que llegue la media mañana y la media tarde para, con la excusa de hacer un descanso en nuestro teletrabajo, reunirnos en torno a él.

¡Ay, Dios mío!, que sí, que todo va a ser distinto, pero ahora estoy totalmente segura de que yo también lo voy a ser y en todos los sentidos. 

No sé si cuando levanten el confinamiento voy a poder vestirme con lo que tengo en el armario o la salida más inmediata tendrá que ser a la primera tienda que esté abierta y que tenga tallas grandes. Y lo peor es que no estoy en disposición de privarme de este privilegio. En estos días en que estamos viendo como va a haber un antes y un después, que todo, absolutamente todo será distinto, no me preocupa el coger unos kilos y estar pendiente de guardar la línea. Total, no tengo que entrar en el traje de gitana, que suele ser mi límite en estas fechas. Tampoco me tendré que preocupar casi con toda seguridad, de si entro en el bañador o no.

La única preocupación, y no es poca, es salir de todo esto con salud, la de los míos fundamentalmente y la mía, si es posible. Y luego…, Dios dirá. 

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