Y seguimos


Pues sí, ya hemos pasado la Semana Santa y seguimos en nuestro confinamiento.

La cosa no se ve clara, nadie nos dice si será para mucho tiempo más o terminará en breve. Entiendo que no lo saben, es esta una situación hasta ahora nunca producida y no sabemos ni cómo ni cuando terminará. Pero tenemos que continuar con la vida. Iba a decir con nuestra vida, pero he pensado que no, que esta no es nuestra vida, es una que nos ha tocado vivir, Dios quiera que por poco tiempo y por una circunstancia excepcional. ¿Volveremos a recuperar nuestra vida de hace apenas poco más de un mes?

En situación de normalidad en estos días, después de la Semana Santa, nos incorporaríamos a nuestros puestos de trabajo, y el mío en particular supondría reencontrarme con mis compañeros y con mis alumnos. Pero no, no habrá salida hacia el colegio, no habrá reencuentro ni con compis ni con alumnos, sino que volveremos a teletrabajar para ver cómo vamos sacando para adelante nuestro país. Parece mentira reconocer cómo echamos de menos el día a día, un horario, unas normas, todo por lo que solemos protestar en nuestra cotidianidad.

No podemos perder la esperanza, aunque nuestros políticos no nos lo pongan nada fácil. Tenemos la suerte (aunque no todos) de estar sanos, de momento, de poder compartir, aunque sea por pantallas, nuestra vida con nuestros seres queridos. Pero ya van pesando más que los días de confinamiento, el desconocimiento de qué es lo que va a pasar y cuándo.

Hemos transformado nuestras costumbres, nos lavamos las manos un sinfín de veces al día, no salimos de la puerta de casa nada más que para lo imprescindible, con guantes, mascarilla, temiendo encontrarnos a alguien en el portal o en la farmacia. ¿Seremos capaces de volver algún día a la normalidad? Tenemos terror a estornudar y ya la alergia nos preocupa mucho más que de costumbre ¿Será alergia u otra cosa?

Y para colmo las noticias. No sé si es bueno o no escucharlas. Entre el número de fallecimientos (que por mucho que desciendan son una auténtica barbaridad), los contaminados al día, que aumentan de tal manera que creo que lo que estamos haciendo, o no lo hacemos bien, o algo falla, las continuas críticas entre unos y otros y por último las noticias falsas que hacen que no sepamos qué creer.

De vez en cuando pienso que me gustaría ser niña, no por no tener tantos años como tengo, de los cuales estoy orgullosa y no los cambiaría, sino por su resiliencia, su capacidad para adaptarse a las circunstancias.

Este término tan usado en los últimos años es el que mejor expresa cómo se están portando nuestros peques, adaptándose a la situación que les ha tocado vivir prácticamente sin rechistar, mucho mejor que la mayoría de adultos.

De un día para otro les dijimos que no podían ir al colegio y se quedaron en casa, casi sin preguntar; les prohibimos salir a jardines, a entrenar o hacer sus actividades extraescolares y ahí están, respetando las normas que se les va poniendo sin un mal gesto y con explicaciones que tumban a un elefante: no se puede salir, hay coronavirus fuera.

En fin, aquí seguimos, y nuestro corazón cada vez más triste, sobretodo por saber la cantidad de miles de familias que están pasando los peores días de sus vidas. Si ya la situación es abrumadora por lo que arrastra este maldito bichito, la tristeza de tantas familias que han perdido a sus seres queridos sin ni siquiera poder despedirse de ellos, testimonios desgarradores que parten el alma, aquellas que viven en un sinvivir esperando tener noticias de su familiar enfermo, del que con suerte podrán saber algo en algún momento indeterminado del día. Y seguimos, porque no hay más y hay que procurar hacerlo con esperanza, pero sin poder negar que son momentos negros, de pesar, de una enorme pena por todo lo que está pasando la humanidad.

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