El milagro de la vida


Hace poco más de 5 meses que mi nieto nació y desde entonces nuestras vidas (la de toda la familia) no son las mismas.

Llegó al mundo con muchísimas ganas de conocerlo y para ello, llamó a la puerta casi un mes antes de su tiempo, así que nació pequeñito y como yo decía, sin rellenar, pero gracias a Dios, sano y dispuesto a pelear para ir creciendo día a día.

Hoy, al mirarlo, me cuesta trabajo reconocer a ese personajillo pequeñito, con arrugas, al que tuvimos que salir corriendo a comprarle ropita de prematuro porque la de primera postura le quedaba como un fantasmita, al que no se le podían poner ni las manoplas porque no se les quedaban sujetas en sus pequeñas manitas, pero al que empezamos a querer muchos meses antes de su nacimiento.

Ya comenté en otra ocasión que me encanta que me llamen abuela, con todas las letras, para mí es un inmenso honor, además de un gustazo, el poder presumir del nieto que tengo. Y no por guapo, que lo es, ni por bueno, que también lo es, sino por poder experimentar día a día el milagro de la vida y la transformación que va produciéndose en él y en nosotros cada momento que pasa.

Es cierto que todo lo que ocurre a nuestro alrededor nos influye, unas cosas más que otras, pero esto de ser abuelos, nos ha hecho plantearnos una cuestión casi sin querer: lo importante es saber qué es lo importante. Y el nieto ha venido a reafirmar lo que siempre defendimos: la vida.

Y si siempre hemos tenido muy presentes el enorme valor de la familia, ahora, con este nuevo miembro, todo se ha vuelto a remover. Y no sólo en nosotros. Nunca vi a mis hijas (claro, nunca lo habían sido antes), con ese deseo permanente y constante de información acerca de lo que hace su sobrino en cada momento, el reclamo de la foto de la mañana y la de la tarde. En el grupo de familia, la primera pregunta de la mañana es qué tal ha pasado la noche el chico; y las preguntas permanentes  ¿y el gordi, cómo lleva el día, ha dormido algo (en esto se parece a su padre y la verdad es que de día, descansa poco)?.

Ya no salimos a ningún sitio en que desde que lleguemos estemos buscando “algo” que podamos llevarle al peque, que le llame la atención, cualquier cosa nos recuerda a él y nuestros corazones siempre están ocupados por su carita en la última foto que sus papis nos mandan.

Hoy que tanto se oye en contra de la natalidad, de los problemas que dan los bebés, de la mala conciliación de la labor de padres con la  laboral, y un sinfín de etcéterasmás, hoy, yo lo vivo con otra luz, con otra esperanza,porque veo que es posible, aunque no sin muchos esfuerzos, eso es cierto, poder formar una familia.

Claro, que ello supone noches en vela, un giro de 360º en los ritmos o costumbres de la casa, un sacrificio grande para compaginarlo todo de la mejor manera posible, ojeras y malas caras, pero un corazón más grande y pleno.

Si la labor de padres es grandiosa aunque muy abnegada, la labor de los abuelos es MARAVILLOSA , así, con mayúsculas. Disfrutamos de ellos, les podemos colmar de cariño y de algún que otro capricho, que con nuestros hijos, quizás hemos sido más severos en este tema.

Pero lo fundamental es lo que ellos nos dan. Y como no sé cómo explicarlo para que lo pudierais entender, deciros sólo que el giro de nuestras vidas también ha sido muy grande e importante.

Lógicamente mi nieto aún no dice nada, pero no quiero ni imaginar el día que me diga abu o abuela, creo que me derretiré.

Y es que lo miro y pienso ¿habrá un milagro más maravilloso que una nueva vida?

 

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