Corpus et Sanguis Christi


Cuando pusimos el nombre a esta sección, pedí por favor que se llamara “La puerta del sagrario”, porque ahí he sentido las cosas más fuertes de mi vida

Corpus./Foto: José Ignacio Aguilera

Muy queridos hermanos:

Ciertamente el día del Corpus es uno de esos días que relucen más que el sol, por lo que celebramos, a quien honramos, al que procesionamos, ¡al que comulgamos! No es una devoción más, no es una tradición cualquiera, no es un rito hermoso, ni algo que repetimos cada año porque hay que atraer turismo; sino que es el Sacramento de nuestra Fe, la fortaleza de nuestras vidas, el remedio a nuestros pecados, la alegria más sincera del corazón creyente: ES EL SEÑOR.

La parroquia que cuida con mimo la Eucaristía, el sacramento que Cristo nos regaló y en el que se queda escondido bajo apariencia de pan y de vino, da frutos de buenas obras, comprueba que surgen vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada, mantiene unidos a sus matrimonios con una fuerza sobrenatural y notan la Caridad que brota de ese sagrario que nunca deja de hablar y de esperar la visita de un alma piadosa.

Cuando pusimos el nombre a esta sección de homilías, pedí por favor que se llamara “La puerta del sagrario”, porque ahí he sentido las cosas más fuertes de mi vida, el cariño más noble del Corazón de Jesús, la solución práctica a muchos de mis dilemas diarios, el deseo ardiente de entregar mi vida solo para Él. Si nos ponemos a tiro del Señor, nos sentiremos unos mimados, aunque nos rodee la noche y los problemas más abrumadores, no lo dudemos.
No dejemos los sagrarios abandonados que sería abandonar al Protagonista de esta historia y dedicarnos a hacer muchas cosas, pero olvidarnos del Principal.

Por eso, el que se ha enamorado del Señor, sabrá cuidar su oración, aún con dificultades, acudirá con frecuencia a la confesión por muy feos o frecuentes que sean sus pecados, tendrá en cuenta que tras la puerta del sagrario, palpita el Corazón De Dios que no está sordo ni mudo y que siente terriblemente la pasividad de los “suyos”, cuando entramos a un templo y ni siquiera lo saludamos ni le hacemos una breve visita.

Saquemos hoy todas las galas, todo lo bueno que tengamos, sobre todo todo nuestro entusiasmo, para que en lo externo mostremos eso que llevamos dentro de nosotros: un amor incondicional por el Señor que se arriesgó a quedarse en la Eucaristía, porque nos amaba y nos ama intensamente.

Que esta Eucaristía y procesión de hoy sean una renovación de lo que prometimos a Dios algún día de nuestras vidas: seguirle hasta la muerte en la vocación que Él sembró en nosotros y a la que le respondimos que sí.

¡Alabado sea Jesús Sacramentado! ¡Sea por siempre bendito y alabado!

Muy feliz día de Corpus Christi.