Domingo V de Pascua


“La Fe entra por el oído”, nos repite la Escritura a cada paso y también san Agustín en sus homilías

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pascuaAmigos míos:

Recorriendo aún este camino de la Pascua y reconociendo al Señor en tantos acontecimientos, sacramentos y encuentros con los hermanos en la Fe, nos alegramos de nuevo con las lecturas y Evangelio de este domingo, en que Dios nos permite abrir los ojos para contemplar sus maravillas y regalos a manos llenas.

En nuestras conversaciones solemos ponernos a nosotros mismos, lo que hicimos o tenemos proyectado, hablamos de otros o hablamos de cosas mundanas pero, qué falta hace también que pongamos las maravillas que Dios ha hecho a través de sus criaturas, incluidos nosotros. Y no es una presunción que lo hagamos, puesto que así mismo lo expresaron los apóstoles después de la Resurrección del Señor, cuando hablaban en sus correrías apostólicas a aquellos que les escuchaban. Es una catequesis que contemos las maravillas que Dios ha hecho con nosotros, en nuestras vidas y a través nuestro; es un acto de amor al prójimo, demostrarles que el Señor está vivo y sigue derramando Misericordia y paciencia con todos y con nosotros mismos, porque este mundo necesita razones y muestras palpables de la bondad divina.

“La Fe entra por el oído”, nos repite la Escritura a cada paso y también san Agustín en sus homilías. Si no hablamos, ¿cómo van a entender? Es evidente. Por eso el Señor en la ultima cena, evangelio de hoy, anima a los apóstoles y a la cristiandad entera, que el mundo nos reconocerá por el amor que nos tengamos; por ello, es indispensable que desterremos la indiferencia hacia el otro, la maledicencia y los odios; trabajo tenaz y continuo que dará fruto a su tiempo. El amor es también soportar los defectos del otro, los nuestros propios y el llevar al Señor a tantos alejados que nos rodean, sin juzgarlos, porque como decía aquel santo: “si tú, que conoces al Señor, eres como eres, ¿cómo esperas que actúe quien no le conoce?” Buena lección para hoy.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor y de san Isidro, hombre de campo y de Dios a la vez.