La Epifanía del Señor


Que no nos falten regalos pero sobre todo, no nos falte la Fe, la Esperanza y la Caridad

Muy queridos amigos:

“Se postrarán ante tí, Señor, todos los pueblos de la tierra”, hemos rezado con el salmo responsorial de esta celebración que nos ensancha el corazón como hemos leído en la primera lectura. La Epifanía nos llena de alegría porque en ella, se nos enseña que en el Corazón de Cristo cabemos todos y no solo el pueblo elegido de Israel; somos el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia extendida a lo largo y ancho de toda la tierra.

De ahí que se representen los Reyes con las tres razas conocidas en la antigüedad: la europea, la asiática y la africana. El Papa Benedicto escribió un libro interesantísimo sobre la vida de Cristo, llamado Jesús de Nazaret que recomiendo a todos desde aquí, donde sugiere que aquellos sabios que acuden a Belen guiados por aquella Estrella, podrían venir de Andalucía, del reino Tarteso. El caso es que eran extranjeros, no esperaban a Mesías alguno, ni tenían conocimiento de un solo Dios; pero ellos fueron elegidos y se pusieron en camino hasta la lejana tierra de Belén. Suele pasar cuando le decimos al Señor que sí, aunque no entendamos sus planes al principio, lo que les sucedió a los Magos cuando entraron en la cueva y vieron a María y a José y al Niño; que “se llenaron de inmensa alegría”.

Ya no pensaban las fatigas pasadas del viaje, las incertidumbres de si hacían un peregrinar en balde, el encuentro con Herodes que los dejaría inquietos; se quedarían sólo con la felicidad de que se encontraron finalmente con Dios hecho niño en aquel sitio escondido, donde solo el pueblo judío sabía que nacería el Mesías, pero no en que época. Ellos fueron los afortunados y en su persona estábamos todos nosotros: el mundo entero.

Se arrodillan aquellos poderosos ante un bebé que no entiende aún, para ofrecerle regalos que nos dan una catequesis magnífica a nosotros:

-Oro, porque ese Niño es Rey y no uno cualquiera, sino el Rey de reyes, el Gobernante de cielos y tierra.
-Incienso, como a Dios, porque solo a Él corresponde la alabanza, el honor y el poder.
-Mirra, con la que se embalsamaba a los difuntos en la antigüedad, porque ese Niño es hombre mortal y ha de morir un día en la Cruz verdaderamente, para verdaderamente resucitar. 

Que no nos falten regalos pero sobre todo, no nos falte la Fe, la Esperanza y la Caridad. Celebremos con alegría este día en el que Dios dijo al mundo entero:”con Misericordia eterna te quiero”.

Felices Reyes. Feliz día de la Manifestación del Señor.