Domingo I de Adviento


Que sea el Adviento de nuestra conversión, de nuestro cambio a mejores

Corona de Adviento en la casa de un cursillista./Foto: LVC

Hermanos:

Comenzamos un “nuevo año”, un tiempo nuevo de esfuerzo para cambiar a mejores, el Adviento: la preparación para una Navidad de frutos de santidad.

En estas fechas en que todo parece gasto, cena, regalos, preparativos, nosotros los cristianos, también nos ponemos en marcha para hacer un gasto en los pobres, unos regalos de nuestro propio tiempo para Dios en la oración, una cena más frecuente al acudir a misa de forma más asidua y unos preparativos para que, cuando el Señor nazca, nos encuentre con un deseo más grande de quererle a Él y a los demás.

“Haré brotar un vástago de la casa de David”, nos anuncia la profecía de Jeremías en la primera lectura. No hay ni que decir que será el Mesías el que nacerá de la descendencia y casa del Rey David, grande entre los grandes y pecador entre los pecadores. Y es que a Dios, no le asquea la naturaleza humana sino el pecado, que nos convierte en prófugos de la fe; por eso, este tiempo del Adviento es ideal para confesar con más frecuencia, buscar la Misericordia divina cada vez que pequemos, para que el pecado no nos coma por dentro, como la carcoma destroza un mueble.

En el Evangelio de Lucas de hoy, se nos narran los terribles acontecimientos que sucederán al final de los tiempos, pero no para que nos aterroricemos y nos asustemos De Dios, sino al contrario, para que estemos preparados para ese día Glorioso y Terrible y podamos permanecer en pie delante de Él, como amigos suyos. ¿Quién le tiene miedo a su amigo? Nadie, ¿verdad? Porque a un amigo se le quiere y se le cuida. Así tenemos que actuar con respecto a Dios: como amigos íntimos y cuidando esa relación que el Señor quiere entablar con nosotros de Corazón a corazón.

Que sea el Adviento de nuestra conversión, de nuestro cambio a mejores, de nuestro caer en la cuenta de que somos hijos y no enemigos.

Feliz y provechoso Adviento. Feliz día del Señor.