Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario: El fin de los tiempos


Toda la humanidad ha creído en una vida posterior, por un deseo común de vivir eternamente

Hermanos todos:

Continuamente escuchamos hablar de la caducidad de este mundo que vemos y es que, todo lo material, tiene un principio y un final. Así lo hemos escuchado o leído en la lectura primera del profeta Daniel y en el evangelio de Marcos, por labios del mismo Cristo. No es este desenlace el que hemos de temer, sino el que se nos asignará a cada uno, después que pase lo terreno.

Cierto es que la muerte nos causa una cierta inquietud y ha sido una de las grandes preguntas del hombre, desde que existe sobre la faz de la tierra: ¿hay vida después de esta vida? Y lo cierto y seguro es que en ese origen, toda la humanidad ha creído en una vida posterior, por un deseo común de vivir eternamente; esa es la razón por la que la arqueología ha ido descubriendo timbas de todas las civilizaciones en las que enterraban a sus muertos con comida, armas, joyas, dinero, etc. Es la prueba más patente de que esos hombres y mujeres estaban convencidos de que seguirían viviendo tras pasar por el trance de la muerte.

Pero demos un paso más; sólo quien ha resucitado de entre los muertos puede afirmarnos lo que hay al otro lado de la muerte; sólo Jesucristo puede dar luz al misterio que el hombre no era capaz de responder. Así, a lo largo de toda la Escritura y el mismo Señor lo corrobora, hay una vida que nos espera eterna para todos los seres vivientes, pobres o ricos, creyentes o no creyentes, católicos o no católicos.

¿Hay que ver esta realidad para creer en ella? Por supuesto que no; ninguno hemos pisado Júpiter y nos fiamos de los que nos afirman que existe y es real; entonces, ¿cómo no fiarnos del que bajó del cielo y volvió a él, después de enseñar a muchos la sabiduría de Dios? En definitiva, Jesucristo nos habla de un ultimo día de este mundo, cuando sucedan grandes acontecimientos en la creación y todo hombre y mujer, resuciten de entre los muertos para recibir lo que hayamos elegido en esta vida, ni más ni menos.

Entonces, Dios que es tan Bueno, ¿no nos va a llevar a todos al cielo, hagamos lo que hagamos? Claro que no. Si nos obligara a ello, no seríamos libres sino unas simples marionetas que hacen por obligación. Daniel nos afirma: ”los que duermen en el polvo, despertarán (Resurrección de los muertos): unos para vida eterna, otros para la ignominia perpetua”. Que traducido resulta: unos al cielo y otros, al infierno, pero no como el  juego del “pito pito, gorgorito”, sino como resultado de nuestras obras en esta vida.

Las buenas obras, la práctica de los sacramentos, la Fe en Cristo, la obediencia a la iglesia, la persecución por ser cristianos y vivirlo, el esfuerzo por ser cada día mejores creyentes y la Misericordia de Dios con sus “soldados” nos lleva al Cielo. La dejadez en la oración, el abandono o rechazo de sacramentos vitales, como la confesión, el matrimonio católico, la misa, el no arrepentirnos de lo malo hecho, el negar a Dios de palabra y de obra, el daño provocado voluntariamente al prójimo, el abandono de los pobres y otras maldades más, nos hará lamentarnos eternamente en el lugar donde no está Dios: el infierno.

Más claro no puede ser Dios. Nos toca elegir en vida, porque el día que nos muramos, se acabó la arena del reloj. Vivamos la Fe, disfrutemos de ella, luchemos por cuidarla y contagiarla, que en este mundo que se pasa, no vamos a quedar para simiente, sino que sembramos para la vida eterna.

Nos vemos en misa, nos vemos en el cielo.

Feliz domingo. Feliz día del Señor Resucitado.