Domingo XXXII del Tiempo Ordinario: Día De la Iglesia Diocesana


Llama a la puerta de tu parroquia, que está abierta para recibir al que llega.

Amigos míos:

Un nuevo domingo que el Señor nos regala, en el que nos permite abrir los ojos a la luz para descubrirle a Él y al prójimo que nos rodea, para disfrutar del descanso dominical y, sobretodo acercarnos al altar a recibir el alimento que nos fortalece para el camino al Cielo.

Hoy, tanto en la primera lectura de los Reyes como en el evangelio de Marcos, se nos habla de un don que debemos ir adquiriendo los creyentes si aún no lo poseemos: la generosidad con Dios y el necesitado, confiando en la Providencia, que no nos dejará sin recursos. En ambos fragmentos de la Escritura Santa, aparecen dos mujeres viudas, ambas pobres, que eran un sector de aquella sociedad que pasaba mucha necesidad para salir adelante. De hecho, cuando los apóstoles constituyen a los diáconos, fue con esa misión expresa de atender viudas y huérfanos, entre otros quehaceres.

Ambas se podían haber excusado en su pobreza real para no dar aquel poco dinero o pan que les quedaba para subsistir; sin embargo, se fiaron de Dios  hasta tal punto, que dieron todo lo que tenían para vivir. Y a ninguna de las dos les faltó en adelante el pan en su mesa: a la primera, por la confianza en la promesa de Elías y, a la segunda, porque el Señor estaba mirándola y El no deja a ningún bueno sin recompensa.

¿Verdad que nos hacen pensar estas dos grandes mujeres? Damos poco y de lo que nos sobra tantas veces, ¿no es cierto? Aprendamos la generosidad con los pobres de veras y con nuestras parroquias, iglesias, catedrales, ermitas, santuarios y multitud de edificios más que representan la Fe milenaria de un pueblo que ha puesto su confianza en el Señor. ¡Cuantos bienhechores anónimos! ¡Cuantas limosnas entregadas con el recado: ”que nadie se entere”! Cuánto bien hacen esos miles de almas a lo largo y ancho de la diócesis en silencio, trabajando como hormigas por la evangelización de los niños, los jóvenes, los novios, los matrimonios, los separados, los ancianos, los presos,….

Pues, hermanos míos, eso es la iglesia diocesana: aquella parcela de la Iglesia universal que camina en Córdoba o desde nos leáis, presidida por el obispo, alentada por el clero, fortalecida por la oración de los consagrados en la clausura, avivada por los consagrados de vida activa y hecha fermento en medio de la masa, gracias a los seglares que sois la inmensa mayoría De la Iglesia. Los pilares son los 12 apóstoles, la piedra angular Jesucristo y la Madre que la cuida y adecenta, la Virgen Santísima. Este es el templo donde habita Dios vivo: aquellos que fuimos adoptados en las aguas bautismales, fortalecidos en la Confirmación, aseados en la confesión y alimentados cada día o cada domingo en la Santa Misa.

¿Tienes inquietud por aprender más? Pregunta en tu parroquia. ¿Aún no tienes un lugar activo en la iglesia y quieres arrimar el hombro a la carga? Pregunta en tu parroquia. ¿Sientes necesidad de recibir algún sacramento? Pregunta en tu parroquia. ¿Algún problema familiar, de conciencia, de vocación? Llama a la puerta de tu parroquia, que está abierta para recibir al que llega.

Animo, que la Iglesia somos todos y nos necesita a todos. Nadie sobra, ni siquiera los desastres como yo.

Feliz Domingo. Feliz día de la Iglesia Diocesana.