Domingo XXVIII del tiempo Ordinario


De ahí que “le va a ser más difícil a un rico entrar en el cielo que a un camello pasar por el ojo de una aguja”

Hermanos:

“Supliqué  y vino a mi la prudencia; invoqué y vino a mi el espíritu de sabiduría”, comienza la lectura de este domingo del Libro de la Sabiduría. Observemos que no pide el autor salud, dinero y amor, como muchos de nuestros congéneres. Y prefiere estás antes que el oro, la plata y todas las riquezas juntas, porque al lado de la sabiduría son como un puñado de arena inservible.

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Sobre el mismo asunto, intenta el Señor en el evangelio hablar a un joven que se le acerca preguntándole el camino del cielo. El Señor se enternece con él y le explica que cumpla los mandamientos para ello; como el joven dice cumplirlos ya, Cristo va más allá y, conociendo la vida del chico le invita a una proeza mayor: ”ende lo que tienes, dáselo a los pobres y vente conmigo”. ¿Eh?, ¿cómo? Eso ya no entra en el plan del joven rico. Estaba antes su dinero que Dios, su comodidad a socorrer a los pobres, su amor por las riquezas antes que darlo todo por amor a Él.

La sabiduría de la que habla la primera lectura, por tanto, es el mismo Dios y el dinero es la antítesis. No quiere decir que no necesitemos de él para nuestro sustento, sino que Cristo nos advierte que el afán por el dinero y el poner la confianza en este antes que en el Todopoderoso, lleva a la ruina perpetua y a la tristeza sin final.

Meditemos en algo que no es tan antiguo; cuando no llovía sobre los campos en determinadas épocas en que era vital, los agricultores, ganaderos y todos los cristianos se unían para hacer rogativas y procesiones, rezando a Dios por la llegada del agua y…¡llegaba!, ¡llovía todo lo necesario! Ahora eso casi no lo conocen nuestros niños y jóvenes porque entre la PAC, el PER y no sé cuantas cosas más, ya no parece que se necesite el rezo, aunque el campo esté seco y los pantanos vacíos. No me entendáis mal lo que quiero decir; las ayudas son necesarias, pero cuando solo confiamos en ellas y dejamos a Dios de lado, nos sucede que lo único que tenemos es dinero en el bolsillo y el corazón seco como una pasa, que hace que olvidemos al necesitado como si no fuera de los nuestros.

De ahí que “le va a ser más difícil a un rico entrar en el cielo que a un camello pasar por el ojo de una aguja”, como acaba sentenciando Jesucristo en el Evangelio, refiriéndose a quien confía en sus ganancias más que en su Sagrado Corazón, que está lleno de bendiciones que nos harán llegar el pan de cada día a la mesa, lo necesario para el sustento de la familia y propio y siempre más para socorrer a los más pobres. En nuestras manos está del lado que queremos inclinar la balanza: o Dios o el dinero, pero a ambos no podemos amar, porque a uno traicionaremos; lástima que muchas veces acabemos traicionando y olvidando a Dios que es bueno, por el vil metal que es caprichoso y tiene divididas a muchas familias en su empeño por él.

Amemos la Sabiduría del Señor, que no se olvida de sus hijos y nos dará lo material y lo espiritual, hasta que lleguemos al Cielo.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor