Domingo XXIV del Tiempo Ordinario


“En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”, rezaba santa Teresa de Jesús.

Hermanos y amigos:

Que el sufrimiento ha sido, es y será un enigma para el ser humano no es algo de extrañar, puesto que nos hace pasar por momentos desagradables y hace que se tambaleen nuestras supuestas seguridades, en las que teníamos afincadas las esperanzas.

De ahí que el instinto haga que rehuyamos eso que nos causa dolor o malestar. En la lectura primera de Isaías, se refleja el sufrimiento que había de pasar el Mesías esperado por los siglos, Jesucristo y, mientras va narrando esas atrocidades hasta en dos ocasiones escribe: “el Señor me ayuda”. ¿Nos cabe en la cabeza que Dios se haga hombre para sufrir por nosotros? Pues la verdad es que no, porque no nos merecíamos tanta Misericordia a cambio de tantos pecados. Y esa es la razón por la que Pedro en el evangelio de hoy, reprende a Cristo cuando le anuncia al grupo de los apóstoles que “el Mesías tiene que padecer mucho”, lo cual le costó al primero de los apóstoles la “bronca” del Señor que acaba llamándolo “Satanás” por pensar como un hombre sin Fe.

Y es que el sufrimiento porque sí es una atrocidad, no hay cuerpo que lo resista ni mente preparada para ello. Solo cobra sentido desde el amor y no es una ñoñez que haya escrito para rellenar esta homilía porque, una madre que pasa la noche en vela junto a la cama de su hijo enfermo, ¿está ahí porque le guste privarse de sueño o porque ama a ese pequeño? O un anciano esposo que muere a los días de fallecer su esposa, ¿deseaba la muerte o el amor les había hecho una sólida pieza tan sólida que se marcharon juntos? De ambos acontecimientos he sido testigo y de muchos más, pero he escrito solo estos para probar que el amor al sufrimiento no existe pero sí el sufrimiento por amor.

Y Cristo está subido a una cruz porque me quiere a mí y a ti también. Por ello, una vida vivida sin Dios es un calvario sin sentido, sin respuestas y sin fuerza; es lo que comprobamos hoy en muchos de los que nos rodean y viven desenfrenadamente buscando algo que llene un hueco que sólo puede ocupar el Señor. ¡Cuanta búsqueda de placeres, dinero, droga o lo que sea que aparente felicidad exterior! Y cuántas personas cada vez más insatisfechas de todo ello, cuando lo han conseguido.

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“En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo”, rezaba santa Teresa de Jesús. Aprendamos esas letrillas para cuando nos visite el dolor y así miremos al Crucifijo y al cielo y podamos decirle: ”Porque te quiero, te ofrezco esta cruz mi cruz y la uno a la tuya. Ese amor nos lanzará a estar con el Señor aquí y Allí.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.