Domingo de Pentecostés


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Hermanos todos:

Con esta solemnidad, culminamos este tiempo de la Pascua, en la que hemos estado celebrando y disfrutando de la Resurrección del Señor Jesús, esperanza y sentido de todo lo que la Iglesia somos y hacemos.

Hoy, vemos como el Espíritu Santo es enviado a los apóstoles reunidos con María, en forma de llamas de fuego, haciéndoles hablar de las maravillas De Dios en lenguajes que antes, eran desconocidos para ellos, asombrando a todos los presentes extranjeros, que se hallaban por el lugar, como hemos proclamado en la primera lectura de Hechos.

En la Sagrada Escritura, no es la única mención a Dios Espíritu Santo; también se manifiesta como agua en calma, brisa suave, paloma y, en esta ocasión, como fuego. Es la “ruaj” De Dios, su aliento, la vida que da fuerza y descanso en medio de las batallas diarias al creyente y a su conjunto, que es la Iglesia.

Es el Espíritu el que hace posible y eficaz cada uno de los siete sacramentos: si nos fijamos bien, en todos los siete, el sacerdote, obispo o diácono impone las manos sobre el que recibe el sacramento, salvo en la Eucaristía, que se hace sobre el pan y el vino. Pues ese es el preciso instante en el que el Espíritu acude a las manos del que es pecador, para socorrer a otro pecador con el don De Dios. Admirable misterio hasta para los que los administramos. A la imposición de manos de un hombre sobre otro, acude un Tercero: Dios mismo para dar vida, fuerza, alegría, perdón, alimento, limpieza, etc.

Así lo manda el mismo Cristo a los apóstoles, escondidos y muertos de miedo, por temor a que los judíos hicieran los mismo con ellos, que con su Señor. A lo que Él se les aparece con la palabra Paz en la boca y con un mandato; el de ir a los confines del mundo con el poder de perdonar pecados; no es una arrogancia De la Iglesia la de poseer este don, sino un regalo magnífico que ella posee y derrama sobre todos aquellos que se acercan humildemente a la confesión, incluyendo a los mismos sacerdotes que la dispensan.

Que enorme alegría saber que los pecados confesados quedan perdonados y destruidos para siempre y que podemos seguir mirando al futuro, limpios ya del pasado. Es la Esperanza del Señor, que nos espera en cada sacramento, en el confesionario y en el Cielo. ¿Has pensado cuánto tiempo hace de tu última confesión? ¿Es reciente? Sigue buscándola, porque encontrarás a Dios. ¿Es lejana? No pierdas los ánimos; Dios esta ahí y te espera con los brazos abiertos y, “aunque tus pecados sean rojos como escarlata, blanquearán como nieve”, nos promete la Sagrada Escritura.

Que rezando esta preciosa secuencia de Pentecostés, encontremos lo que necesitamos, en el momento actual, para nuestro bien y el de los que nos rodean.

Feliz Domingo de Pentecostés a cada uno.