La Ascensión del Señor a los Cielos


“Id al mundo entero”, les dice a ellos y a nosotros

Hermanos míos:

El Señor, tras haberse aparecido a sus apóstoles y discípulos durante 40 días, vuelve a casa, sube al Cielo, con las tareas hechas: ha redimido a la humanidad y ha derrotado el poder continuo que la muerte tenía sobre el hombre, por culpa del primer pecado. Los once, como nos relata la primera lectura de los Hechos de los apóstoles, se quedan mirando al cielo, viendo como el Mesías se pierde entre las nubes, boquiabiertos.

Quizá tristes, quizá desconcertados, quizá sintiendo la orfandad de pensar que no volverán a verlo; a lo que aquellos dos que se les aparecen, responden inmediatamente: ”Volverá como lo habéis visto marcharse”. Y así será al final de los tiempos, cuando el Señor vuelva como Rey y Juez de vivos y muertos; mientras tanto, hemos de pensar que Cristo se va como el sol cuando anochece, pero sabemos que no ha dejado de existir, aunque nuestros ojos de carne no lo vean, sino que volverá a resplandecer al día siguiente, si Él nos da vida, así como lo veremos cuando vuelva sobre las nubes del cielo para el juicio final.

No abandona a su creación, sino que se marcha para varios fines: para enviarnos el Espíritu Santo Defensor, como promete antes de ascender, para abrir un boquete en el cielo, adonde nos era imposible entrar, para que todos aquellos que queremos salvarnos y vivir según el Evangelio, tengamos ese acceso directo y para hacernos ver que, si Él es la Cabeza y nosotros su cuerpo, algún día estaremos juntos de nuevo, pero no ya en este mundo que se acaba, sino en la Casa que Dios nos ha preparado, “donde no habrá luto, ni llanto, ni dolor”.

“Id al mundo entero”, les dice a ellos y a nosotros. Sus señales nos acompañarán, veremos milagros de la mano del Señor que sucederán a través nuestra, porque así lo ha querido. O ¿que es una conversión de vida de ateo a creyente? Un milagro, ¿verdad? Y eso lo hemos visto; ¿que sucede en cada eucaristía, en cada confesión, en cada unción de enfermos? Milagros que realmente realizan lo que significan, aunque nuestros pobres ojos no lleguen a ver hasta lo profundo de ese momento. No tenemos que tentar al Señor bebiendo venenos para ver si nos hacen daño o no; intentar doblegar la voluntad De Dios para que haga lo que yo quiero en cada momento: solo hemos de confiar en su Palabra que no deja de cumplirse y vivir según nos enseñó.

Recuerdo un día que fui de montería con mi padre. El fue el postor, o sea, el que coloca a cada cazador en el sitio asignado de forma segura y se marcha al último puesto para, terminada la batida, volver y recoger a cada compañero para llevarlos de vuelta a casa. Así hace el Señor con cada uno de nosotros: nos ha colocado en el puesto y vocación que eligió para cada uno de nosotros, nos asegura el encargo que nos da con su fuerza y, por último, volverá a recogernos un día, para que estemos definitivamente, con Él, en “Casa”, en el Cielo, en su Reino.

Así que,¡al mundo! que está sediento de Dios porque no lo ve ni lo siente. Seamos sus pies, sus manos y su voz, para hacerlo presente entre los que tenemos más cerca o más lejos, que algún día, volverá. ¡Ánimo!

Feliz Domingo. Feliz día de la Ascensión.