Sábado de Soledad


Hoy, especialmente pensamos en la Soledad de María

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Lo peor ya ha pasado: el Señor ayer era brutalmente apaleado y crucificado como un malhechor. Lo han bajado de la Cruz y, a la carrera, preparado una unción con Mirra y puesto en un sepulcro prestado. No tenías nada material, Señor; con nada viniste y sin nada te vas. En Belén te acompañaron tu Madre y San José; en esta ocasión, ya no está ni el que te adoptó como verdadero hijo, sólo Ella y la entregaste a san Juan.

Hoy, especialmente pensamos en la Soledad de María. Claro que es creyente y espera la Resurrección, quizá casi con toda certeza, la única que creyó el anuncio de su Hijo de resucitar al tercer día. Pero es verdadera Madre, Ella lo tuvo 9 meses en su seno y lo dio a luz, lo amamantó y crio durante 30 años y, en los tres de vida pública de Jesús, no lo seguiría desde muy lejos.¡ Lo que han tenido que ver tus ojos y sufrir tu Corazón bueno! La espada profetizada por Simeón ha atravesado tu alma entera. Ayer tarde y hoy, seguramente ni has comido, aunque te insistieran, ni has dormido, desvelada por las barbaridades que has visto hacer con el Hijo de tus entrañas y de Dios. Hoy la acompañamos en su soledad, esperando la noche santa de la Vigilia Pascual. No se celebra misa ni el viernes ni el sábado, por estar el Señor muerto, aunque sí que hemos podido comulgar su Cuerpo, consagrado el Jueves Santo y ocultado en el Monumento.

Pero aguarda la mayor solemnidad del calendario cristiano: ¡la Resurrección! La tierra está fecundada con la Semilla más fértil que haya podido imaginar el ser humano: el cuerpo exánime de Nuestro Señor, que romperá la losa de piedra para salir victorioso de la muerte y arrancarle el aguijón que la hacía permanente. A partir de ahora, sólo será momento de paso al cielo; ya no tiene el poder sobre la humanidad, sino que la Humanidad de Cristo, ha matado la muerte.

Esperanza, amigo, hermana, que la Vigilia Pascual, aunque este año no podamos celebrarla a las 12 de la noche, como es tradición de siglos, es la eucaristía más solemne de todo el año y posee la liturgia más rica de todas las celebraciones católicas. Disfrutémosla como lo que somos: hijos de Dios, celebrando la victoria de Nuestro Dios porque , la suya, será un día también la nuestra.

Hoy peregrinos,¡ mañana salvados!

La madre piadosa estaba
junto a la Cruz y lloraba,
mientras el Hijo pendía.

Cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

Oh, cuán triste y afligida
se vio la Madre escogida,
de tantos tormentos llena.

Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara
y a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

Y ¿quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo
vio Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre;

Y muriendo al Hijo amado,
que rindió, desamparado,
el espíritu a su Padre.

Oh Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.

Y que por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y porque a amarte me anime
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de su pena mientras vivo.

Porque acompañar deseo
en la Cruz, donde le veo
tu corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santas,
llore yo con ansias tantas
que el llanto dulce me sea.

Porque tu pasión y muerte
tenga en mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su Cruz me enamore;
y que en ella viva y more,
de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.

Porque cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

Versión castellana de uso como secuencia y como himno en la liturgia. Con escasas variaciones, se trata de la traducción poética de Lope de Vega.