Domingo IV de Cuaresma


No seamos de esos que, por nuestro mal obrar, rechazamos la luz del Evangelio, sino de los que nos ponemos a la luz de la intemperie, para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios

Hermanos:

Todo aquel que haya pisado Tierra Santa, hoy podrá repetir este salmo responsorial, con todo sentimiento: “Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, Jerusalén”. Realmente es la peregrinación de la vida de todo aquel que haya estado en la Santa Tierra a la que Dios envió a su Único Hijo, para salvación nuestra, como expresa el Evangelio de Juan, que acaba de ser proclamado. Y, si nosotros, que somos hijos del nuevo Pueblo De Dios, podemos añorar aquella tierra bendita, cuánto lo harían aquellos hijos del pueblo israelita, mientras estuvieron desterrados en Babilonia y su gran Templo de Jerusalén había sido destruido.

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Será el rey Ciro, persa, el que firme el edicto de regreso para todos aquellos que tenían muy dentro el pacto que Dios había hecho con ellos, sacándolos de Egipto y entregándoles la Tierra Prometida. Con qué alegría escucharían aquella cédula de libertad para volver a Jerusalén y reconstruir el templo que Salomón levantara en su momento.

Porque Dios siempre es Misericordioso y cumple sus promesas, como su Corazón demuestra a lo largo de toda la Biblia y en nuestra propia vida diaria. Por su bondad, ablandó la mano del rey extranjero para dejar volver a su pueblo, al igual que si nosotros, dejamos que nos toque y ablande el corazón de piedra, nos hará volver a su Presencia y a estar con Él , definitivamente, en el Cielo.

Ciro levanta un acta de libertad  y Cristo levará su cruz, como estandarte, para que todo aquel que la mire,  quede salvado, como Él mismo le dice a Nicodemo, en este evangelio. Es paradójico que al mismo que le cuenta esta verdad, será luego uno de los que le bajen sin vida de esa cruz terrible y Salvadora.

No seamos de esos que, por nuestro mal obrar, rechazamos la luz del Evangelio, sino de los que nos ponemos a la luz de la intemperie, para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios. ¿De qué hemos de avergonzarnos por ser cristianos? Solo de una cosa: nuestra propia basura y pecado, que aparta de la vida al Señor Bueno, cada vez que le decimos: “fuera de mi vista, porque ahora soy yo el que decide lo que está bien y está mal”. Qué gran error, alejarnos de la Sabiduría que nos ama, para arrojarnos en los brazos de la Maldad que nos odia visceralmente.

¿Te animas a ser luz para aquellos que te rodean? No será coser y cantar, pero el que está en la cruz se bajará para pelear de tu lado y fortalecerte en cada derrota aparente, porque está historia acaba bien: el Rey Bueno banquetea con su legión incontable de amigos fieles de toda la historia, en su Casa del Cielo. Invitado quedas. Invitado quedo.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.