La transfiguración. Domingo II de Cuaresma


De la misma manera que el trabajo lleva al descanso y la muerte al Cielo, el sufrir ofreciendo nuestro dolor para bien de otros, lleva a la santidad

Queridos hermanos:

Todos los domingos del año celebramos la victoria de Dios sobre la muerte y el pecado, puesto que al albor de un domingo, Cristo resucitó de entre los muertos para no morir nunca jamás. Y hoy, podemos encontrarlo vivo en la Santa Misa, en su Palabra que leemos y meditamos cada día, en su Iglesia y, curiosamente, en aquellos que sufren. ¿Cómo es esto? Cuando la lógica humana nos pide buscar el bienestar, la salud, admirar a los fuertes, la juventud, lo grande, el Señor nos sale al paso en este Domingo, mostrando un camino de cruz.

En la primera lectura, Dios pide a Abraham sacrificar a su hijo Isaac, que le había nacido en su vejez, su único hijo. De locos, ¿verdad? Pues Abraham allí que se encamina al monte de Moria, con su hijo y la leña para el sacrificio, sin desconfiar en la promesa de que su descendencia “sería tan numerosa como las estrellas del cielo”. De hecho así fue, porque el hijo no fue sacrificado, sino el carnero, y hoy Abraham es padre en la fe de cristianos, judíos y musulmanes. Otra promesa del Señor cumplida a pies juntillas.

En ese carnero sacrificado, se transparenta a Cristo, el Hijo Único de Dios, nacido en carne mortal, para pagar en su persona la deuda del pasado de la humanidad entera. Terrible y santo misterio. El Santo muere por los pecadores, el inocente por los culpables. Es la continuación del evangelio de hoy. Del monte Tabor, donde muestra su gloria a Pedro, Santiago y Juan, baja a Jerusalén para entregarse a la muerte y una muerte de Cruz. Pero antes, desea fortalecer a sus apóstoles, para que entiendan que el mismo que colgará del madero, es Todopoderoso Señor, capaz de transfigurarse (cambiar de figura) “volviendo sus vestidos de un blanco deslumbrador”. Parece que de poco le sirvió al Señor, porque estaban los apóstoles “asustados”, como relata el evangelio de Marcos y, cuando empezó la crueldad de la Pasión, todos salieron corriendo. Muy humano por su parte.

Igual que por la nuestra, que rehuimos el dolor, el sufrimiento, la Cruz, la muerte. Somos humanos y, a la vez, imitadores del Crucificado por lo que, cuando llegue el dolor, que ya ha pasado, lo estamos pasando o llegará, sepamos entrever entre las lágrimas y la soledad aparente, a Cristo Poderoso Compañero de camino, como lo vio la Magdalena el día de la Resurrección. Y es que, de la misma manera que el trabajo lleva al descanso y la muerte al Cielo, el sufrir ofreciendo nuestro dolor para bien de otros, lleva a la santidad. Bueno, lleva a la santidad o a la desesperación y la depresión profunda si hemos quitado a Dios de nuestro pecho, para poner a la “diosa razón”, que no nos dará respuestas, pero sí muchos quebraderos de cabeza.

Decía el filósofo aquel que la “religión  es el opio del pueblo”, intentando achacar a los cristianos inventarnos una Fe para anestesiarnos en los momentos de sufrimiento, como si Dios estuviera muerto. Cada día escuchamos testimonios de enfermos que han vuelto a creer y querer al Señor. ¿Ya para qué? ¿Si ya se van a morir? No tendrían nada que ganar, ¿verdad? ¿No será que ,de veras, Dios está vivo verdaderamente y se acerca a curar y consolar al que sufre y está angustiado? Pues sí. Totalmente. Pero ahí dejo la pregunta.

La Cruz, es en definitiva, una ballesta, a la cual se parece, que lanza una flecha a la velocidad del rayo. Así, al que sufre, la Cruz lo proyecta hasta el Corazón de Cristo como la ballesta, si dejamos que la mano de Dios toque nuestra fragilidad y le hagamos sitio en nuestro vivir cotidiano. Para ello, la Eucaristía, la oración y la confesión serán momentos reparadores y encuentros consoladores con el Dios de la Vida que quiere que nos convirtamos y volvamos a confiar en su Gran Misericordia.

¿Sufres? Acércate a su Corazón Ardiente y caliéntate, que te hará que tus males sean bienes para otros y tu pasaporte al Cielo.

¡Ánimo! Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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