Domingo VI del Tiempo Ordinario


Queridos hermanos:

La lepra, de la que hoy nos habla la Palabra de Dios hace sufrir al enfermo, de la misma manera que el pecado hace sufrir al pecador. “Será declarado impuro… y vivirá fuera del campamento”, acabamos de escuchar en la primera lectura del Levítico.

Era la forma de mantener a distancia a los que padecían una terrible enfermedad que se contagiaba y para la que no había cura alguna. Pero los pobres enfermos eran expulsados de su propia casa y hasta eran obligados a ir tocando una campanilla o gritar “impuro”, con el fin de que nadie se acercara a ellos.

Pero en el evangelio de Marcos que se nos ha proclamado, uno de ellos se arma de valor y, lleno de Fe, acude al Señor con la humildad del que se sabe apestado para los hombres y le dice desde lo más hondo: ”Si quieres, puedes limpiarme”. Está haciendo una doble afirmación: declarar que Jesús tiene poder para hacerlo y voluntad para cumplir su deseo. No se lo exige, se lo ruega. Y la respuesta no se hace esperar: “Quiero, queda limpio”. Señor bueno y poderoso, ha mostrado su poder, pidiéndole que vaya a los sacerdotes a ofrecer un sacrificio por su liberación; de la misma manera que en el Antiguo Testamento, se exigía acudir a los sacerdotes para ser declarado impuro por la lepra.

Ha cambiado totalmente el cuento. Ahora, el Señor nos ofrece la posibilidad de acudir a los sacerdotes, para ser purificados y limpiados, no de una enfermedad corporal, sino de una espiritual: el pecado. Y, ¡qué a gusto se queda uno después de una buena confesión! A la que vez que soy pecador, mis manos fueron consagradas para impartir perdón y os puedo asegurar que doy gracias por ello, cada vez que digo a un penitente: “Vete en paz, tus pecados están perdonados”. Ese es el mandato que Cristo da hoy a los sacerdotes y uno de los regalos más grandes que ofrece a cada pecador: su perdón incondicional. Tal cual; incondicional, sin rencores.

En mis 15 años de cura, he escuchado confesiones en las que he llorado a la vez que quien estaba de rodillas al otro lado de la rejilla, no de pena, sino de agradecimiento al ver lo que Dios estaba haciendo en el corazón de esa persona. ¡Confesiones de una vez! Sin maquillaje, sin excusas, sin silencios, del tirón y de una sinceridad pasmosa. Bendito sea Dios, que mientras escucha y perdona, sana dos corazones: el del cura que experimenta la grandeza del ser humano y del penitente, que experimenta la grandeza del Señor.

Hermana, amigo, familiar, conocido, desconocida que lees estas letras: el Cielo pasa por la confesión sincera y frecuente. No tengas miedo; vergüenza, toda la que quieras, pero nunca miedo, porque nos espera en las palabras del sacerdote, el Corazón de todo un Dios, al que alegra enormemente decirte de nuevo o por primera vez en muchos años: “Quiero, queda limpio”.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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