Sufrimiento versus Cristo. Domingo V del Tiempo Ordinario


suegra 1

Queridos todos:

Leemos en la primera lectura de hoy del profeta Job, la experiencia del sufrimiento, que no ha empezado con la pandemia ni terminará con ella. Y, en ese sufrir “el esclavo suspira por la sombra y el jornalero por su salario”, o sea, todos nosotros en este mundo aguardamos la alegre esperanza de ese día en que el sufrimiento terminará definitivamente: el día de subir al encuentro definitivo con el Señor y con todos los buenos creyentes que han ganado su compañía.

El Señor hace de enfermero, pañuelo de lágrimas, buen amigo que sana los corazones destrozados, como reza el salmo de hoy, para que Satanás no nos derribe en esta lucha. Hoy, sufren los enfermos de Covid y aquellos que lo combaten con energía, pero también sufre el que padece cáncer y no es atendido como necesitaría, el que ha sido traicionado por un amigo o por su esposa, el padre de familia que no tiene trabajo y no sabe cómo llevar el pan a la mesa de su casa, el que acaba de perder a un hijo en un accidente o ha sufrido el suicidio de un ser querido, aquel que no tiene a nadie que le haga una llamada telefónica en su soledad o que agoniza sin que el mundo lo vea. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde? En el corazón de cada uno de ellos, a su vera cargando el extremo de la Cruz para que su peso no lo aplaste sin remedio. Como en el Evangelio de hoy, “curando a muchos de sus dolencias y echando muchos demonios”; AHÍ ESTÁ DIOS: SUBIDO EN LA CRUZ, PARA QUE MIRÁNDOLE, YO PUEDA SANAR MI VIDA.

No sólo nos provoca sufrir los avatares del cuerpo, sino los del alma, el pasado sin sanar, el pecado sin perdonar, la maldad cometida sin ser puesta a los pies del Salvador. El confesionario es un hospital poderoso donde los demonios salen huyendo y el pecador sale perdonado y en Paz. Con razón decía el exorcista del Vaticano, el sacerdote Gabriel Amorth que “lo que más daño le hace al infierno es un cura confesando, porque este le arrebata al diablo en un momento, lo que él lleva trabajando mucho tiempo”.

Dios no castiga con el sufrimiento. Vivimos en este “valle de lágrimas”, ofreciendo nuestros males por el bien de otros, para que el Señor haga muchos milagros. Como el trabajador que se sacrifica para que otros disfruten, así es el cristiano crucificado que reza para que otros sean salvados. Cuando estamos en la Cruz, estamos en alto para que “los lobos” no puedan hacernos daño.

No me dan estas líneas para contar los cientos de amigos, feligreses y católicos que me han edificado en medio de sus dolores, dando un ejemplo verdaderamente admirable de grandeza y de Fe. Algunos ya en el Cielo y otros, peregrinos y compañeros de camino aún. ¡Dios es grande! No nos abandona, como la madre no deja la cuna de su niño pequeñito enfermo. Pero no dejemos nosotros de acudir a Él en masa, como hacían los contemporáneos con Jesús pidiéndole muchos milagros; y los conseguían porque pedían mucho. No nos quedemos cortos pidiendo y Dios derramará sobre nosotros, a bidones, un agua limpia que nos purificará de todos nuestros males. “Todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta; sólo Dios basta”(Santa Teresa de Jesús)

Te animo a ti, que me lees en estas líneas y me animo a mí, que voy en el mismo barco que tú, dónde el Capitán que lleva el timón, no se equivoca de rumbo. ¡Siempre rumbo al Cielo!

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.