IV Domingo del Tiempo Ordinario


Queridos amigos:

“Suscitaré un profeta de entre vosotros y pondré mis palabras en su boca. A él lo escucharéis”, reza la primera lectura del Libro del Deuteronomio de este domingo. Un profeta es aquel que habla de parte de Dios y comunica un mensaje a los hombres de su tiempo; es el que hace de hilo conductor entre el cielo y la tierra, para que nosotros sepamos obrar lo correcto, agradando a Dios y obteniendo su favor en esta vida y en la siguiente. Y si es uno como nosotros, de carne y hueso, le escucharemos y le entenderemos, porque habla nuestro mismo lenguaje y sufre y disfruta como un humano.

Muchos profetas erigió Dios enmedio de su pueblo, Israel, para hacerles llegar su mensaje. En la Santa Biblia, los podemos leer a todos, unos más importantes que otros, unos con más dones que otros, unos más elocuentes que otros; pero todos, amaban a Dios con locura, no a medias tintas, y hablaban de su parte a los hombres de su tiempo. Y era frecuente que el mismo pueblo de Israel asesinara a aquellos profetas, cuando recibían correcciones de Dios por sus malas obras, por su pecado. A modo de ejemplo, san Juan Bautista, el último profeta, mandado decapitar por Herodes al reprocharle que no podía tener a la mujer de su hermano. Y así, entre pecado e historia, se hizo carne el mismo Dios, en la persona de Jesus, para darnos su mensaje definitivo. Gracias, Señor.

Gracias, porque ya no tenemos que imaginar dónde estás, quién eres, cómo eres, qué piensas de nuestra forma de obrar y sentir. Has mandado a tu Propio Hijo, el Nazareno, para enseñarnos todo lo necesario para este valle de lágrimas y para ganar con confianza la corona de gloria junto a ti.

Así lo llaman los mismos demonios en el Evangelio de Marcos de hoy: “¿qué quieres de nosotros Jesus Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios”. Es fuerte, escuchar de la boca de los demonios esta confesión. Y es que ellos, creen y tiemblan ante el Nombre de Jesucristo, porque siendo hombre verdadero y Dios vivo, venció al infierno en el supremo sacrificio de la Cruz. Y, por eso, cuando sufrimos, estamos más cerca del Señor, porque padecemos como Él. Es un Señor bueno, de Corazón grande y acogedor, que entiende nuestra debilidad y se abaja a nuestro entender. Por eso, qué miedo a Dios? Ninguno, amigo, hermano, esposa, padre, consagrada, sacerdote. Ninguno.

Los demonios creen y tiemblan a su nombre y presencia. Nosotros creemos y confiamos, porque es nuestro Señor, el Único Verdadero y Todopoderoso. Pídele con constancia, ponte en sus manos, refúgiate en su Corazón, descansa en su pecho, que todo pasará, hasta el cielo y la tierra que vemos. Pero su Palabra no. Esa se cumple y se seguirá cumpliendo. Escúchale y ponte de pie, busca a tu cura (o a otro que te guste más) y confiésate, comulga, deja el peso del estiércol en su presencia, para que tú te hagas nuevo con su fuerza y su poder. Es Dios, tú su criatura, ¿lo recuerdas? Pues vívelo y disfruta estos dos días a tope de su mano, que no hay nadie más en quien puedas confiar como en Él.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here