Domingo III del Tiempo Ordinario


Queridos todos:

Este tercer domingo, lo centramos en la Palabra de Dios, como el Papa Francisco lo ha nombrado, para hacernos caer en la cuenta de la importancia vital para un cristiano, del conocimiento y alimento de la misma. “La Palabra De Dios es viva y eficaz, como espada de doble filo”, reza la misma Sagrada Escritura.

Y es Sagrada, porque ha sido inspirada por el mismo Autor a los escritores sagrados que la van poniendo por escrito a lo largo de unos diez siglos, hasta su finalización, con el Apocalipsis de san Juan en el Siglo I. Se compone de dos grandes bloques: el Antiguo Testamento, escrito antes de la venida de Cristo en carne humana, que consta de 46 pequeños libros a su vez y del Nuevo Testamento, escrito a partir del Nacimiento del Salvador y que consta de 27, que hace un total de 73, ni más ni menos.

Hecha esta breve reseña-presentación, es fundamental para un católico estar familiarizado con nuestro Libro Sagrado, porque en él late un Corazón vivo, que habla y que quiere mi bien. La pregunta aquí sería: “¿lo quiero yo también?”. Es alimento para nosotros, porque nos fortalece y nos da “vista” para reconocer el camino del Cielo y el de la perdición también. Por ello, cuando acudimos a la Santa Misa nos alimentamos de la doble mesa: primero la Palabra de Dios y después, el Cuerpo del Señor.

La Palabra de Dios no surte el efecto deseado si optamos por leerla como una novela, que se abre por la primera página y se termina por la última, sino poco a poco, disfrutándola y meditándola. Tampoco hace efecto tenerla en la entrada de la casa impecable o en el mueble librero, solo para quitarle el polvo. Don Gaspar nos ha dicho siempre que “una Biblia desgastada de tanto pasar sus páginas, de tanto leerla, es la que tiene valor y hace efecto”.

En palabras de san Jerónimo, quien tradujo el texto Sagrado del Griego al latín en el siglo IV, para hacerla accesible a todos, nos dice:  ”Cuando rezamos, somos nosotros los que hablamos a Dios; cuando leemos la Sagrada Biblia, es Dios quien nos habla a nosotros”.

Cojamos de vez en cuando nuestra Biblia, por cierto, el libro más vendido de la historia y leamos alguna carta de San Pablo, o el Cantar de los Cantares, o al profeta Isaías e iremos viendo cómo Dios está en esas líneas hablándome al corazón, como hace un Amigo con otro. Esa Palabra, predicada por Jonás a los habitantes de Nínive, les cambio la vida en un solo día y se salvaron de la calamidad, como acabamos de escuchar en la Primera Lectura de hoy; esa Palabra Encarnada, anunciaba su Reino continuamente y llamaba a muchos a seguirle, como sucede en este Evangelio de Marcos, cuando les dice a Santiago y a su hermano Juan que se fueran con Él. La respuesta, “inmediatamente dejaron las redes y a su padre y lo siguieron”.

Hoy sigue hablando, sigue llamando a seguirle y a cambiar a mejor. Confiemos más en Él y menos en el dinero, que el día que nos vayamos, nos iremos con Este, pero sin aquel. Ahí queda eso.

Feliz Domingo del Señor. Feliz día de su Palabra Bendita.

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