Domingo II del Tiempo Ordinario


discipulos de emaus 1

Amigos míos:

Comenzamos el tiempo ordinario, el más amplio del año litúrgico, que abarca 33 domingos del mismo y en el cual, no celebramos nada en concreto de la vida del Señor, sino todo en su conjunto. Todo lo Grande, Poderoso y Bueno que es el Señor con nosotros, que nos trata como a hijos queridos, atrayéndonos continuamente hacia su Corazón. De ahí la sed que tenemos de sentirnos queridos, de ser eternos, de vivir sin dificultades, sin enfermedad; es el plan de Dios, que necesita que sepamos encontrar el norte de nuestra vida y seguirlo, sabiendo que el mundo defrauda con sus ofrecimientos llamativos pero vacíos, como unos fuegos artificiales. Mucho ruido y mucha luz, pero luego, nada.

Así lo experimentan Samuel en la primera lectura de hoy, un adolescente y dos hombres ya hechos como Andrés y su hermano Pedro, en el Evangelio que escribe san Juan. Todos escuchan una llamada en su vida, pero no saben muy bien cómo interpretarla o qué contestar. Son intermediarios los que tendrán que “presentarle” al Dios vivo, que sigue vivo hoy, aunque muchos griten que ha muerto.

A Samuel, tuvo que explicarle el sacerdote Elí que era el Señor quien le estaba llamando y no él, por lo que tendría que responder con disponibilidad, si el pequeño así lo veía conveniente, porque Dios no fuerza a nadie a nada; sólo ofrece el camino del Cielo y nosotros los elegimos libremente si queremos o no. Asimismo en el Evangelio, será Juan el Bautista quien le diga a sus discípulos, cuando pasaba por allí Jesucristo: ”ese es el Cordero de Dios”. Aquellos discípulos se fueron enseguida con el Señor y, no bastando eso, Andrés que era uno de ellos, se fue a buscar a su hermano Pedro y se lo llevó para presentárselo. Otro que acabó siguiendo al Señor.

Es maravilloso, ¿verdad? Nosotros un día también decidimos seguir al Señor, porque alguien nos lo había explicado, enseñado, “presentado”: nuestro cura, nuestra madre, un amigo, una catequista, alguien. Y nosotros, libremente, escuchando y conociendo esa figura atrayente al máximo, decidimos irnos con Él; unos por el camino del sacerdocio, otros del matrimonio, otros de la vida religiosa, otros por el camino misionero, etc. Y, ahora, podemos (y debemos) ser como Elí, como Juan Bautista y como Andres: los que presentemos a otros que tanto necesitan de sentido, al que hemos conocido y nos ha tocado en lo más profundo del pecho.

Un servidor, como es tan burro para decir las cosas y por no saber muy bien cómo presentárselo a los niños y a los jóvenes, desde que soy cura, solo se me ocurría llevarlos a todos al sagrario o les exponía el Santísimo en la custodia. Y ahora entraba mi oración al Señor: “Aquí los tienes. Ahora te encargas Tú de ellos”. Puede parecer chantaje, pero la verdad es que, como está vivo, funciona y Él, les hablaba y les habla, los enamoraba y los enamora y ,muchos, acaban siguiéndole en un noviazgo LIMPIO, como nos habla San Pablo en la segunda lectura de hoy, en un matrimonio acogedor con los hijos que Dios les envía, en un voluntariado comprometido con la causa del Evangelio, en el sacerdocio o entrando en la vida de clausura.

No somos nosotros salvadores de nadie, sino los teloneros de Dios, que cantamos y nos esforzamos, para que brille Él, hable Él y nos lleve a todos adonde quiere que seamos felices: dentro de su Corazón, en esta vida y junto al mismo, cuando se acabe esta y empiece la definitiva. ¡Animo!

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.