La Epifanía de Nuestro Señor


Amigos: celebramos la Epifanía o manifestación del Señor a todos los pueblos; no ya sólo al pueblo escogido, a Israel, del que solo le han reconocido la Virgen, su Esposo y los pastores que acuden de las inmediaciones, sino a toda la humanidad, en la persona de aquellos Reyes, Magos, Sabios, Poderosos que acuden desde muy lejos guiados por un misterioso astro brillante que los  lleva hasta el sitio donde Dios yacía sobres unas pajas en un pesebre de animales.

Día de alegría e ilusión para todos nosotros porque, tradicionalmente hacemos regalos a aquellos que más queremos, imitando aquel gesto que los Reyes tuvieron con el Mesías, regalándole oro, incienso y mirra. Otra de las profecías que escribe el gran Isaías y que acabamos de escuchar en la primera lectura de hoy: ”te inunda una multitud dé dromedarios… vienen de Sabá trayendo incienso y oro y alabando las grandezas del Señor”. Esta profecía habla del acontecimiento que hoy celebramos: extranjeros que llegan a alabar a Dios de tierras lejanas, reconociendo el poder de este Niño.

Mal judío es Herodes, que tiene que llamar a los sumos sacerdotes y escribas , como leemos en el evangelio de Mateo de hoy, para que le digan el sitio donde tenía que nacer el Mesías. En las profecías estaba claro: en Belén de Judá-“y tú, Belén de Judá no eres la más pequeña de todas las ciudades, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo, Israel”, le hubieron de explicar los expertos al Rey, que se asusta como un miserable al escuchar de boca de los Magos, que ha nacido un rey y vienen a adorarlo. De esa cobardía, vendrá la matanza de los niños inocentes, ordenada por su rabiosa avaricia, en un intento de matar al pequeño Jesús. Pero Dios hace muy bien la historia y ordena a José, coger al Niño y a su Madre y huir a Egipto.

En esos regalos y en su actitud, los Reyes nos dan una catequesis. Habría que estar allí para ver la cara de José y de María cuando vieran aquella majestuosa comitiva y a unos poderosos con sirvientes y todo, arrodillarse ante su Bendito Hijo “y postrándose, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.

Oro, para el Rey de reyes. Es más poderoso ese Niño que Herodes y cualquier mandatario de este mundo, porque todos ellos se mueren y acaban bajo tierra, pero Dios nunca muere.
Incienso, para Dios. Porque ese pequeñito, es Dios Todopoderoso, el único digno del incienso que se eleva al cielo con grato olor, llevando plegarias y deseos.
Mirra para el que es hombre. Esa sustancia es la resina que los judíos usaban para embalsamar a sus difuntos. Y ese Niño, como hombre que es, un día será crucificado y morirá realmente para descabellar a la muerte desde dentro de sus mismas entrañas, para siempre.

Regalemos a los nuestros lo mejor. Y a Dios no dejemos los desperdicios de nuestra vida y tiempo. Sino lo mejor de lo que somos y tenemos, porque nos lo ha regalado todo: la vida, las virtudes, la Fe, el Cielo, los sacramentos, ¡todo!

Que nos pase como a los Reyes. Que al ver la Estrella y al Señor que nos señala, nos llenemos de inmensa alegría y alabemos a Dios el resto de nuestras vidas.

Feliz día de Reyes a cada uno.

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