Domingo II de Navidad


 

Hermanos míos:

Seguimos celebrando la Natividad de Nuestro Señor, fiesta de gozo y reflexión, acudiendo a la Eucaristía y leyendo la Palabra que Dios nos dirige en ella y también, cuando rezamos entablando un diálogo con Dios. Esa “Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros”, como nos hace repetir el salmo responsorial de hoy.

Una Palabra que, al encarnarse, lo hace muda. Qué paradoja, la de contemplar a la Palabra de la vida, con la que se identifica la Sabiduría de la que nos habla la primera lectura del Sirácida, sin poder hablar, sólo gemir, llorar y balbucear en un pesebre, !en un pesebre!, “porque los suyos no lo recibieron”, como hemos escuchado en el evangelio de san Juan. Esa “Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios”, se hace algo que no era (humano), sin dejar de ser lo que ya era desde toda la eternidad (Dios). Algo que escapa a nuestra pobre mente, máxime cuando el sentido de esa encarnación, es salvarnos del pecado y de la muerte y seguimos notando en nosotros que el pecado sigue cometiéndose y la muerte, sucediéndose.

Hago una breve anotación que no es mía, sino de Él: Dios no creó ni el pecado ni la muerte, sino que el pecado ha sido fruto de la tentación del Demonio y la Libertad del ser humano, mientras que la muerte entra en el mundo, como consecuencia de ese mismo pecado, por lo que, cuando nos “cabreemos” porque estamos enfermos, porque sentimos desfallecer las fuerzas, cuando se muere alguien de nuestra casa o vemos cerca nuestra partida de este mundo, no lo hagamos con Dios, sino con el autor de ambas maldades: Satanás.

A Dios tenemos que estar más que agradecidos porque, existiendo aún el pecado y la muerte, Él las ha vencido para que tengamos esperanza; en el cielo, en que un mundo mejor es posible, en que puedo cambiar mi triste vida en una vida de provecho, en que el vecino o el extraño no es mi enemigo, sino mi hermano al que puedo y debo ayudar. En que puedo llamarme CRISTIANO, porque conozco, amo y sigo a Cristo. “A los que le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios”, leemos en el Evangelio de hoy. Y así lo vivieron un par de amigos, obispos ambos, los cuales dirán que les encantaba recibir el nombre de cristianos y que el Señor les había regalado una amistad que parecía que “una sola alma, daba vida a los dos cuerpos”; son san Gregorio Nacianceno y san Basilio Magno.

Y es que la Fe, hace que surjan hermanos y amigos que parece que nacieron para ello, pero no de la misma sangre, sino del mismo Bautismo. Marta, María y Lázaro eran amigos del Señor, María Magdalena, san Juan el más joven de los apóstoles y de la Escritura, saltamos a los amigos de Cristo que ha dado la historia: millones y millones de niños, hombres y mujeres de toda clase social, ancianos y enfermos que se enamoraron en su lecho de muerte,…”Los amigos son como la sangre, acuden a la herida sin que se les llame”, dice un refrán y así lo viven los seguidores del Maestro que nos da una nueva lección para nuestro vivir cotidiano. La sencillez, el silencio, la ocultación, el no aparentar, ganan más almas y se parecen más a Dios, que los poderes de este mundo. Así lo contemplamos este domingo, siendo Dios y siendo la Palabra de Dios, dejando que sean los ángeles, los pastores y su padre adoptivo y su Madre Bendita, los que hablen de Él, movidos por la fuerza del Cielo.

Hablemos más de Dios y menos de “pamplinas”, que ganaremos más nosotros y los que nos oigan.

Feliz Domingo de Navidad, amigos míos.

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