Me encanta la Nochebuena. Me encanta la Navidad.


mary and baby jesus 1

Queridos amigos y hermanos en la Fe:

Dándole vueltas estos días a qué forma le daría a la homilía de este día tan señalado para nosotros, los católicos, como es la Nochebuena y la Navidad, había pensado varias formas, una de ellas, citando las profecías del Antiguo Testamento en las que aparece el nacimiento del Mesías. Pero a última hora, llamadme loco, he dado un giro a la hora de escribirla, simple y llanamente porque en este tiempo terrible de sufrimiento y persecución por todas partes, he decidido titularla como habéis podido leer en el encabezado y en torno a ello voy a girar.

Todos hemos vivido y celebrado la Navidad desde nuestra más tierna infancia en casa con nuestra familia y también con nuestros amigos y hermanos de la parroquia. Para mi es una celebración entrañable en la que me alegra enormemente el solo hecho de pensar y rezar que ya no tenemos que buscar a Dios de formas raras y a nuestra manera, sino que Él se ha hecho hombre para hacerse visible y salvarnos de lo que nos amarga: el pecado y la muerte. Y de qué manera: pobremente, en soledad, rodeado de animales, niño indefenso, de padres jovencísimos y que apenas entienden todo esto que está pasando. Ya las profecías anunciaban que nacería de “la Virgen que está encinta”, “en Belén de Judá”, ciudad del Rey David, sobre el que “volcarán los tesoros del mar, cargados en dromedarios”….pero, todo esto, hay que revivirlo en nuestra vida. Hagamos el Nacimiento más hermoso, adornemos el mejor árbol, la mejor comida y el mejor traje, pero, sobre todo, la mejor sonrisa, que nace de un corazón que se ha enamorado del que está acostado en un pesebre por amor a ti. Si, a ti.

Desde niño, en casa hacíamos el Belén y en la parroquia más grande todavía; nuestros curas se fiaban demasiado de nosotros y nos dejaban hacer un nacimiento de dimensiones gigantes. No era raro que cenáramos esos días en la parroquia, con nuestro cura, por supuesto, y cantáramos y riéramos hasta cansarnos. No era raro que acabáramos llenos de escayola o yeso hasta las orejas, literalmente, o que pilláramos el resfriado del año, de estar todo el día bregando y adornando con ese grupo tan especial: el de nuestros amigos.

Y fuimos creciendo y seguimos celebrando con nuestras familias, por supuesto,  la Navidad y fuimos viendo como se iban marchando al Cielo abuelos, padres y algún que otro ser muy cercano. Y la distancia nos fue separando por vocación, trabajo y circunstancias de la vida. Pero seguía siendo Navidad. Y cuando fui cura, en mis parroquias, pasábamos días, horas, montando esos belenes que hacían sonreír a tantos niños y jóvenes y matrimonios y abuelos que se acercaban a verlo. Y pasábamos horas incansables cantándole al Niño, a su bendita Madre y a su Santo Esposo, villancicos con más o menos arte. Pero cantábamos y celebrábamos y Dios ponía la alegría en cada uno. Por eso, me encanta la Nochebuena y también la Navidad.

Hoy, me faltan muchos que no tengo a mano para abrazar y felicitar, porque ya no lo necesitan y otros a los que tendré que felicitar por videollamada o wasap, como la mayoría del mundo en este año. Pero, ¡sigue siendo Navidad! La misma. Siempre distinta. Siempre nueva. Un nuevo nacimiento de Cristo en mi vida miserable y débil, que me hace ver que soy muy querido por Él.

Especialmente hoy es Navidad en el hospital, en la cárcel, en las residencias de mayores, en los orfanatos, en las casas de ancianos que están solitos, en la casa de esa familia en paro y en la de los que esperan una muerte por enfermedad grave. En esas casas, hoy, especialmente, grandemente, ES NAVIDAD. Y por eso me encanta. Porque nosotros sufrimos y conocemos a alguien que sufre: pero Dios nos conoce a todos y sabe poner bálsamo, consuelo, paz, luz en la oscuridad, esperanza en las lágrimas. El es Dios, nosotros sus criaturas. No nos castiga; sino que nos dice en nuestro dolor: mira el pesebre, mira el calvario; no te enseño de palabra, sino con mi testimonio De Dios hecho carne humana frágil y débil como la tuya.

Podría haber escogido cualquier lectura de estos días, que son muchas pero, en esta ocasión escojo la meditación de san Ignacio de Loyola de los ejercicios espirituales que él escribió en Manresa. Ponte en Belén, acompaña a José y María a pedir posada, mira sus caras, contempla su dolor, mira como los desprecian por ser pobres; finalmente le dan permiso para entrar en las cuadras; ayuda a José a adecentar el suelo, lleno de suciedad, barre con él, haz acogedor lo que está puerco para que la Señora pueda dar a luz de la forma más cómoda posible. Busca fuego, hace frío para cuando nazca el Niño, la noche en Belén es fría y corta la cara. Contempla con ellos, sufre con ellos, vive con ellos. Hazte un “esclavito indigno” que sirve a la Madre de Dios, al santo Patriarca y al Rey de reyes, mira sus caras, adivina sus sentimientos, consuélalos, son tan jóvenes y lo están pasando tan mal…, cuando nazca el Niño, limpia el pesebre para que sea puesto el que no cabe en todo el universo, mira las lágrimas de María y de José, emocionados, viendo que las promesas de Dios se han cumplido al pie de la letra y seca las tuyas, contemplando  la escena inaudita, pronto llegan los ángeles, después los pastores, la Estrella alumbra el lugar exacto, pronto llegarán los Magos…;disfruta, ríe, llora, sirve, canta, limpia, ayuda en lo que puedas.

¿Estas solo? Haz esta meditación y no te arrepentirás. ¿Estas con familia? Disfruta y canta en el Belén. ¿Estas con amigos? Invítalos a alabar al Protagonista de la noche, del día siguiente y de toda la eternidad.
Por eso me encanta la Navidad. Porque Dios que todo lo ve, viene de nuevo a llenarte de paz y bien; ábrele la puerta de tu vida, que no te arrepentirás.

¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad de Nuestro Señor!