Domingo III de Adviento


Hermanos y amigos:

Entramos en este tercer domingo del Adviento, llamado también “de Laudete” o de la Alegría, porque está próximo el Nacimiento del Señor, la Natividad de Dios, la gran fiesta de la Navidad. Alegría que sólo puede nacer del corazón que ha buscado y encontrado el sentido de todo, aunque no las respuestas a todo; alegría que Dios da a los que le obedecen, sea quien sea.

Intentamos que estos días sean de alegría externa y claro que está bien adornar nuestras casas y fachadas, comer, beber y cantar, buscar hacerlo en el entorno de las personas que más queremos y nos quieren. Pero, ¿y si eso no es posible? Seguirá siendo Navidad, porque Dios sigue naciendo para aquellos que tienen el corazón desgarrado, para aquellos que ansían mucho más que lo que este mundo ofrece, para todos los que quieren seguir un camino que no se han inventado, sino que les ha sido anunciado por “profetas” de toda época y cercanía: padres, curas, amigos, enfermos, catequistas, etc.

Así lo hizo el hombre más grande nacido de mujer: Juan el Bautista. Qué gran testimonio nos da en este Evangelio de Juan que acabamos de escuchar; “hombre enviado por Dios para dar testimonio de la luz, para que por el, todos vinieran a la Fe”. Sabía que él no era nadie, sino el precursor de, el que voceaba en el desierto al que había de venir: el Mesías anunciado en todas las profecías antiguas y esperado por todos los siglos.

¿Quién de nosotros respondería, si nos preguntaran por nuestra identidad, diciendo lo que no somos? Pues eso es lo que hace el Bautista. Sabiendo que venían a buscarlo, quizá curiosos, quizá expectantes por las masas que aglutinaba a su alrededor, deja bien claro que él no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y anuncia:” en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mi y al que no soy digno de desatar la correa de las sandalias”.

¿Podrá decirnos también a nosotros que no conocemos al Señor?. ¿Que vamos a celebrar unos días festivos y se nos olvida quién es el protagonista?. ¿Que nos llamamos cristianos, pero preferimos vivir al margen de Cristo?. Ojalá y no sea así, porque sería quedarnos sin la verdadera alegría que es tener a Dios con nosotros. Alegría a la que nos invita san Pablo en su carta primera a los Tesalonicenses y que vive el profeta Isaías en la lectura que abre la liturgia de la Palabra de hoy: “desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios”.

Recordemos para nuestra oración: Dios sin mí, sigue siendo Dios; pero yo sin Él, ¿qué soy? ¡Ánimo!

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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