Domingo I de Adviento


Muy queridos hermanos y amigos:

Comenzamos el Adviento- el Advenimiento, pero de quién. Pues de Cristo en carne mortal a este mundo, que no encuentra más luz que la de Dios, ni otro sentido coherente que el que el Señor le da a este, nuestro vivir y morir.

8 siglos antes del Nacimiento De Dios hecho carne en una cuadra de Belén, el profeta Isaías clama esa frase que la primera lectura nos acaba de proclamar: “Ojalá rasgases el Cielo y bajases”. Es el deseo más profundo del ser humano, porque estamos hechos por Él y nuestro corazón estará inquieto, hasta que descanse en Él ”, reza san Agustín. Necesitamos de Dios para todo, hasta para despertar cada mañana; para cambiar nuestra vida a mejor, para superar las pruebas de cada día, para alegrarnos de lo que verdaderamente es alegre, etc.

El Adviento no es encender 4 velas y colocar adornos para llegar a una cena y probar un caldo, unas pocas gambas y un trozo de asado, sin entrar de verdad en lo más profundo de nuestras entrañas. O sea, de reconocer nuestro pecado, limpiarlo y esperar rezando, como Isaías, que La Paz del Señor llene nuestra vida.

Es por eso, que mucha gente odia la Navidad. Normal. Si la Navidad es reunir la familia y van faltando de nuestra mesa familiares que ya no están o que no pueden venir por la pandemia; si es comer y beber hasta no tener tiempo para otra cosa; si es alegrarse de “no sabemos qué”, es más que lógico que haya personas que digan en voz alta: “odio la Navidad”.

Pero si escuchamos este Evangelio de Marcos con ATENCION y preparamos vigilantes la venida del Señor a salvar nuestra frágil existencia de lo que más daño nos hace, el pecado y la muerte, (aunque tengamos que pasar por ella) entonces, la Navidad será alegría profunda y paz serena, aunque estemos enfermos, falte familia a la mesa y el regalo sea un pijama nuevo.

¡No dejemos pasar este tiempo precioso sin confesarnos! Que ahí está la raíz de nuestras hieles más amargas. Dejamos al pecado que sea el dueño de nuestro existir, en vez de pegarle una patada y poner en su sitio al Corazón de Cristo.¿ Vives diciendo que no eres pecador? No tendrás Navidad. ¿Vives diciendo que eres pecador, pero no te confiesas (aunque comulgues)? No tendrás Navidad. ¿Vives pidiendo continuamente pidiendo perdón a Dios “directamente con Él”, sin pasar por el confesionario? No tendrás Navidad. ¿Comerás, cantarás villancicos, o no, reunirás a todos los que no tengan el “bicho” para celebrar, pero, el qué? Lo que sea, pero no la Navidad.

Confiesa en este tiempo maravilloso, ahora que estás vivo, vuelve tu corazón chico al suyo Grande, reza, haz limosna, perdona de veras y verás, cuando llegue el 24 por la noche (y el día de tu muerte, que no sabes cuándo será) cómo hay alegría en ti, aunque todo lo que te rodea, esté infectado de problemas. Así lo enseñó Nuestro Señor, así lo enseña la Iglesia y así lo vive quien de verdad ha creído en el Evangelio que lleva a la vida que no acaba; porque como dice también la primera lectura, “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él”.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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