Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario


Queridos hermanos:

Vamos llegando al final de este tiempo litúrgico, que culminaremos el domingo próximo, con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

Mientras tanto, la Iglesia, Madre y Maestra, nos sigue guiando y enseñando el camino del cielo y del Corazón de Cristo, con la proclamación de estas lecturas y Evangelio, donde podemos descubrir la diferencia que hay entre el temor de Dios y el miedo a Dios.

En la primera lectura de Proverbios, la que teme al Señor, merece alabanza y en el salmo 127, se llama dichoso a aquel que teme al Señor. No es temor a Dios porque sea un Ser temible y odioso, vengativo o caprichoso, sino el pánico a perder a Dios de nuestra vida: quedarnos sin Él, en los momentos diarios de nuestro vivir y, por supuesto, en los momentos de sufrimiento.

En el polo opuesto, tenemos al empleado que recibió un talento y los escondió por “miedo” a su señor. Era un vago y un holgazán, al que no le preocupaba en absoluto el encargo recibido; por eso mismo, guardó el talento.

La parábola que el Señor nos expone en el Evangelio de Mateo, daría para escribir libros; pero no es el caso de esta breve reflexión homilética, que sólo quiere hacer más digerible esta maravillosa enseñanza que nos hace vivir con los pies en la tierra y los ojos en el Cielo.

Los “talentos” que el dueño reparte en el evangelio, son los dones que Dios regala a cada uno de sus hijos. El talento era una moneda de la época del Señor y, Él, utiliza este juego de palabras para enseñarnos que también nosotros hemos recibido, no monedas, sino virtudes. Y hemos de ponerlas a su servicio y el de la Iglesia, para que se multipliquen y den mucho fruto; sólo así, nos darán entrada en el “banquete preparado”, que no es otro que el Cielo.

¿Has recibido muchas virtudes? Bien; ponlas a su servicio. ¿Has recibido sólo una? Bien; ponla a su servicio. Muchas veces sucede que quien tiene esos dones, son mérito propio y piensa que sólo sirven para medrar y hacerse rico y famoso; y al contrario, quien tiene sólo una, piensa que su vida no vale para nada y se echa atrás a la hora de acercarse al Señor y servirle. Dos errores terribles, porque ambos llevan a enterrar el talento, para que nadie lo disfrute ni aproveche y se queda por hacer mucho, mucho bien.

Ante esto, viene bien la frase que Madre Teresa decía continuamente: ”lo que nosotros podemos hacer en nuestra vida es sólo una gota en el océano; pero si esa gota no llega, el océano no será el mismo”.

¿Sabes cantar, tocar el piano, coser, limpiar, abrir puertas, atraer gente, rezar el Rosario en público, enseñar, alegrar, llevar contabilidad, manejar redes sociales…? ¿A qué esperas? ¿A que venga el Arcángel Gabriel y te pida de rodillas que los pongas al servicio del Jefe y de los hermanos? No, tranquilo. Ya tienes este Evangelio que acabas de escuchar. Hay muchas parroquias que te necesitan, mucha gente descorazonada que te necesita, muchos hermanos tuyos que esperan tus talentos para despertar sus ganas de vivir.

No queremos terminar en las tinieblas eternas, rechinando los dientes, como el vago del talento único. Queremos recibir un banquete juntos y junto a Dios en la Luz Maravillosa de su Casa, que es la nuestra. ¡Animo! El Cielo nos espera.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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