Domingo XXXII del Tiempo Ordinario


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Cielo./Foto: LVC

Queridos hermanos:

Dios siempre nos trae esperanza y nos da las palabras que necesitamos en cada momento, especialmente en los sufrimientos; como un día de sol templado, que nos da en la cara, tras un invierno frío.

También nos advierte de los peligros que corremos en este mundo finito y caduco, para que no pensemos que aquí está nuestra morada definitiva, sino en la Jerusalén celestial, como canta ese autor africano que ha hecho bailar al mundo entero con su “Jerusalema”: Mi casa no está aquí, sino en la Jerusalén del Cielo.

Por ello mismo, se identifica Dios con esa sabiduría de la que nos habla la primera lectura del libro que lleva su mismo nombre: “la sabiduría la ve fácilmente aquel que cree en ella y la encuentra aquel que la busca”. Dios no se esconde de nadie, sino que se muestra abiertamente a quien lo busca de corazón y lo aguarda con esperanza, como las doncellas sensatas del evangelio de hoy.

Este siglo descreído, quiere hacernos ver que está vida son dos días (lo cual es cierto) y que hay que aprovecharlos a tope (aquí está el peligro y el error). Hay que pasar estos “dos días”, esperando la llegada del Señor con afán cristiano, con obras y palabras, con gestos y de corazón. Porque, como dice la segunda lectura, “si creemos que Jesus a muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, los llevará con El”. Así lo hicieron las vírgenes sensatas, al contrario de las tontas, que creyeron que el Esposo, como tardaba en llegar, no llegaría nunca.

Vivimos muchas veces “durmiéndonos en los laureles”, pensando que nunca moriremos, no confesamos con frecuencia porque el “esposo tarda”, no preparamos nuestra Misa o faltamos a ella porque no hace falta tanto para ir al cielo, no damos limosna generosa porque pensamos que seremos eternos aquí. Justamente lo contrario de lo que Cristo nos predicó; no hace falta que nombre al que nos sopla todas estas maldades al corazón y, !encima le hacemos caso!

Saldremos ganando en alegría, en calidad de vida, en paz con nosotros mismos y los demás, sólo y exclusivamente cuando vivamos según los planes De Dios para nuestra pobre vida. Él nos sigue diciendo: “cuento contigo, hijo, amigo”. No nos servirá rechinar los dientes si llega el día de nuestro adiós “sin aceite en las alcuzas” y el Señor nos dice que no nos conoce, porque avisados estábamos de sobra y tuvimos la oportunidad millones de veces de acercarnos al Corazón que más ama, pero lo despreciamos una y otra vez.

Dios te espera en los sacramentos que ha dejado a su Iglesia, en la parroquia y en el pobre, en tu familia y en tu cruz. Volvamos nuestro rostro a Él y lo encontraremos aquí, para gran alegría nuestra y lo veremos tal cual es, en el Cielo, puesto que aquí, vivimos nuestros “dos días”, amándole y sirviéndole. Que así sea.

Feliz Domingo. Feliz día del Señor.

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