Domingo XXIX del Tiempo Ordinario


Hermanos en el Señor:

En este Domingo encontramos la célebre frase de Cristo, que se ha convertido en refrán inextinguible entre nosotros, hasta el día de hoy: ”Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Con lo que el Señor nos insta a que no le robemos a su Padre del Cielo tanto como le debemos; tiempo, oración, confesión, Santa Misa, en definitiva, nuestro ser y nuestro amor incondicional, quitando el corazón de las cosas materiales, que se van a quedar todas en esta vida cuando seamos llamados a la Casa Definitiva.

Nos habla la primera lectura, de Isaías, de Ciro (Rey pagano de Babilonia) como el “ungido De Dios”, lo cual resulta más que llamativo, porque habla de rendirle a pueblos vecinos y reyes en su presencia. “Te pongo la insignia, aunque no me conoces”, reza esta primera lectura. Se está refiriendo el profeta a que Dios tiene poder para inspirar también a los paganos que no creen en Él, para hacer bien a los suyos, su pueblo, en este caso al pueblo judío, puesto que Ciro liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de babilonia y les permitió volver a su tierra, la Tierra Prometida a Abraham y reconstruir el Templo de Jerusalém destruido años ha. Además, les devuelve el ajuar valioso, con que aquel pueblo había dotado al Templo que ahora veían en ruinas. Un rey no creyente en el Único Señor del Cielo, devuelve a los judíos creyentes, lo que era de Dios, de su Templo y, por ello, este Todopoderoso le promete bendiciones y victoria. De hecho, Ciro, ha pasado a ser una mención especial entre el pueblo judío hasta el día de hoy, por conceder libertad y vuelta a casa de su pueblo escogido.

Dios, que no se queda con nada de nadie, bendice a quien le bendice a Él y a sus escogidos, porque sabe devolver Bien por bien. No sabe guardar rencor a quien se le acerca, aunque sea después de muchos años de enfado infantil, de incumplimiento de Mandamientos, de pecado reiterado por largo tiempo; su Corazón es mucho más grande que nuestras miserias, por muchas que sean. Pero nos pide devolverle el Tesoro más valioso para Él: nuestro corazón. Y, aunque suene a ñoñez, en el corazón humano reside todo lo que somos y tenemos. Por ello, bendice a los que lo bendecimos y guarda a los que le alabamos, lo cual no quiere decir que no nos enfermemos o no mueran nuestros seres queridos; sino que nos reserva ese sitio privilegiado a su lado en su Trono del Cielo.

Así, de la misma manera que pagamos impuestos civiles, por obligación impuesta, hemos de dar lo que somos y tenemos, de forma voluntaria y libre, al Dios de la Vida y la Fortaleza; si así lo hacemos, venceremos  a la muerte, aunque pasemos por ella, para abrir los ojos inmediatamente para ver, junto a todos Los Santos y a la Santísima Virgen, al Rey de reyes y disfrutar eternamente de una felicidad que ni podemos imaginar en esta vida que pasa.

Ciudadanos ejemplares en el mundo y habitantes eternos del Cielo, es la invitación de nuestro Buen Dios. ¡Animo!

Feliz Domingo. ¡Feliz día del Señor!

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