Domingo XXVII del Tiempo Ordinario


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Viña./Foto: Iván Blanco Vilar
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Viña./Foto: Iván Blanco Vilar

Hermanos en el Señor:

El Señor recurre de nuevo este domingo a la comparación de la viña con su pueblo, su Iglesia, sus elegidos. No un pueblo restringido o elitista, sino amplio, abierto a todos y esperanzado en la entrada de los que no están aún presentes en él.

La Viña del Señor es la casa de Israel”, hemos repetido con el Salmo 79. Y esa cada de Israel es hoy la Iglesia, que se extiende por todos los confines de la tierra, desde Roma, hasta la tribu más escondida del Africa. Y no ha sido por ocupación ni colonización, sino por anuncio y libre aceptación de aquellos que han escuchado resonar la voz de Cristo en su interior y han respondido con un generoso sí, como María.

En la primera lectura de Isaías escuchamos cómo Dios se lamenta de la desgracia de su viña que, en lugar de uvas, dio agrazones incomestibles, amargos. Es la experiencia propia del creyente que, aunque intenta ser fiel a los Mandamientos, comprueba con dolor que demasiadas veces, traiciona a su Señor. Reconocerse pecador es algo bueno, no malo; porque es el primer paso para la curación del alma y el acercamiento a un mensaje de salvación que quiere llegar a todos. Así lo hicieron los santos, millones y millones desde la creación del mundo, que escucharon la llamada y se pusieron manos a la obra.

Pero la historia fue cruel con ese Buen Dios, que hizo hombre a su propio Hijo, para traernos la Redención y se encontró con la matanza cruel del mismo, por sus propios obreros. Es la parábola del Evangelio en el que Cristo nos quiere explicar como será su fin “la piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”. Al Mesías rechazado por muchos, Dios lo ha hecho Dueño y Señor De la Iglesia y del Universo. Por eso es la piedra angular, aquella que, si se quita de un arco, aunque sea solo una, hace que todo el edificio se derrumbe. Por eso, una vida sin Dios, no se sostiene, no da frutos de santidad, no tiene alegría; es una vida “agrazonada”, aunque sea un palabro.

¿Una boda sin Dios?, ¿un bautizo sin Fe?, ¿un entierro sin esperanza en la Vida Eterna?, ¿una Confirmacion sin continuidad?, ¿una Primera Comunión, que se convierte en la última? ¿Para qué? Pues para volver esa viña infructuosa, inútil, inerme.

Cristo está Vivo, su Corazón late en los sagrarios más recónditos, se presenta en la Misa para nuestro bien y, muchas veces, lo matamos en nuestro interior, como hicieron los trabajadores de la viña con los enviados del Amo (los profetas del Antiguo Testamento hasta san Juan el Bautista) y hasta con el hijo del dueño (Jesucristo).

En tu parroquia tienes sitio siempre; en la Iglesia tienes tu casa, en tu grupo tienes el apoyo que necesitas cuando todos alrededor se van, en el Sagrario tienes el bálsamo cuando te visita la enfermedad, el sufrimiento, la Cruz. En la confesión está el Corazón de Cristo con los brazos abiertos y en la Misa está el Viñador cavando y regando tu alma para que des frutos a tu alrededor, donde tantos ni le conocen, ni le quieren conocer.

Es un “aventurón” ser cristiano de una pieza. Si te echas atrás, tendrás amargura porque te faltará lo principal de tu vida: a tu Señor!!!

¡Animo! Dios no se va de la vida de los que intentamos pelear las virtudes, sino que como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura: “La Paz De Dios custodiará vuestros corazones”.

Feliz Domingo del Señor Resucitado a cada uno y a vuestras familias.

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