Domingo XXVI del Tiempo Ordinario


Hermanos  en el Señor:

En este domingo vigésimo sexto del Tiempo Ordinario, el  Dios Vivo, nos invita a recapacitar sobre nuestra vida. Si tomamos la definición que la RAE explicita, leemos que es “reflexionar con detenimiento y atención sobre un asunto, especialmente sobre una decisión propia”.

Claro está lo que Cristo nos quiere decir en el Evangelio de Mateo que acabamos de escuchar en la Santa Misa o que escucharemos esta tarde: hay que reflexionar sobre la propia vida, lo que hago y dejo de hacer, lo que intento y lo que abandoné, lo que procuro para bien y para mal, tanto mío como para los que me rodean.

Porque nuestra salvación está garantizada por la Muerte y Resurrección de Cristo, pero solo si nuestras palabras y obras concuerdan con el bien y la belleza, que es Dios. Y, ¿quién nos puede decir lo que está bien o mal? ¡Sólo Dios! Porque de las personas podemos esperar cualquier cosa; Hitler mandó aniquilar a los judíos a todos sus soldados, estuvieran o no de acuerdo y, sin embargo, Santa Ángela de la Cruz, invitaba a sus hijas religiosas a amar la pobreza y a los pobres. Por eso, una sabemos que vive eternamente en el Cielo y el otro, no tenemos ni idea.

De ahí la primera lectura de Ezequiel: “El malvado muere por la maldad que cometió;…pero si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Está más que claro; todos somos bautizados por el bautismo de salvación que nos regalaron nuestros padres cuando éramos bebés, pero ahora que somos conscientes, somos libres de actuar y decidimos hacer nosotros mismos lo bueno o lo malo.

De nada nos serviría decir: “Soy creyente, pero no practicante”, porque en la práctica se demuestra el interior de la fe. El primer hijo de la parábola que nos ha enseñado el Señor en este Evangelio de hoy, dijo a su padre” voy a la viña”, pero no fue. Por lo tanto, para qué dijo nada, si no le servirá para su bien; sin embargo, el segundo dijo que no y, al final, recapacitó y fue. Por eso el Cristo alaba al segundo y no al primero. Por eso se salvará el pecador empedernido que cambie de conducta y comience una nueva vida de sacramentos y virtud, mientras que el que se considere bueno ya y no necesite de Dios, acabará arrepintiéndose cuando ya sea tarde para rectificar.

El Rey David, su hijo Salomón, el buen ladrón, María Magdalena o san Agustín, por poner algún ejemplo, cometieron gran pecado durante su vida, pero todos recapacitaron sobre su conducta y llegaron al Cielo, por la Misericordia de Dios. Pero tuvieron un encuentro personal todos ellos; se sintieron amados y reconfortados por el Señor para dar ese paso definitivo de su conversión.

¿Y tú? ¿Qué? ¿Lo mismo de siempre? ¿En el barro tirado? ¿O va siendo ya hora de recapacitar y buscar el rostro y la mirada penetrante de Cristo? Estamos todos en el mismo camino; pero depende de cada uno el destino que quiere elegir. La muerte va a llegar sin remedio, antes o después, no como castigo, sino como descanso de fatigas; pero, ¿dónde queremos pasar después de la “aduana”? ¿Al Paraíso con Dios?¿ O a la pena que no acaba? En tu mano está, porque Cristo ya ha hecho todo lo que estaba en su mano por ti y te llama a trabajar su viña. Ahora te toca a ti decidir. ¡Animo!

¡Feliz Domingo! ¡Feliz día del Señor!

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