Viernes Santo


Hermanos todos:

Ha llegado la hora que Cristo más tenía, y que había anunciado a sus apóstoles hasta en tres ocasiones: ”el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y ancianos y lo matarán”. Tras una dolorosa noche, después que Judas lo entregara con un beso, empieza el padecimiento más atroz. Ha sido llevado en un juicio clandestino e inmisericorde, a Pilato, a Anás y a Caifás. Ha sido escupido, abofeteado, flagelado sin escrúpulos y burlado por la guardia Romana, que lo coronó de espinas y lo aclamaba como el “Rey de los judios”.
Ha sudado sangre en el huerto de los olivos, causada por el terrible miedo que sentía, hasta el punto de rompérsele los capilares y hacer que la sangre brotara por los poros. Está ardiendo de fiebre, ha perdido mucha sangre ya y la boca se le seca como una teja a causa del terrible maltrato que padeció.

En la primera lectura de hoy, vuelve Isaías a escribir las profecías, que nos llevan a ver en ellas al Mesías, triturado por nuestros pecados,”ante el cual se vuelven los rostros… desfigurado, no parecía hombre”… “sin defensa, sin justicia, se lo llevaron”. La noche de ayer, Señor, fue ya durísima por si, para que llevar esto más adelante? Podríamos preguntarle. A lo que nos respondería: “yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad. Por eso, todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Y la verdad lo llevó hasta el supremo sacrificio para curar nuestras heridas y pecados.

Infinitos dolores, estado casi de agonía y aún le queda cargar el pesado travesaño de la Cruz, donde será cosido por unos clavos, para demostrar Amor. Miremos hoy al crucifijo, sintamos la soledad del calvario, pensemos que hoy, la Iglesia queda huérfana. El Señor va a morir en la que se convertirá señal de los cristianos; la Cruz.

Los soldados temen que no llegue vivo hasta las afueras de Jerusalén donde se crucificaba a los malhechores. Y a ti, mi Señor, Dios verdadero, Creador y Salvador te mezclan con ellos. Entre dos ladrones, de los cuales uno fue listo. Y robó por última vez, ya crucificado; le robó a Cristo el perdón. Todavía tenía fuerza Cristo para perdonar, agonizando:” hoy, estarás conmigo en el Paraíso”. Aprendemos hoy de un malhechor arrepentido. Por eso, tenemos esperanza para robarle nosotros también el corazón, que vida tenemos aún. No desesperemos de nuestras pobres vidas, que si clavamos nuestra cruz, al lado de la suya, lo tendremos siempre dispuesto a perdonarnos.

Hoy la iglesia está de luto, las parroquias tienen todos los altares desnudos, sin manteles ni adornos, hoy se levanta la Cruz, porque Cristo ha muerto. Y a los pies del Calvario, su Madre, tres mujeres valientes y san Juan, el más joven, que había decidido no huir más del lado del Maestro. María, traspasada de dolor, viendo lo que han hecho con su Niño y los acompañantes llorando al ver a quien les ha querido tanto, sufriendo lo indecible. El amor verdadero duele, no es caprichoso.

Recuerdo mi grupo de amigos de la adolescencia en una conversación con nuestro cura, que nos animaba a no salir de fiesta ese día, respetando la muerte de Cristo. Y un grupo de nosotros, decidimos que el Viernes Santo iríamos a los oficios de la parroquia y no saldríamos esa noche; con la consiguiente incomprensión de muchos del grupo. Si es festivo!!!, estamos de vacaciones!!!. Razones no le faltaban para animarnos. Pero, ya llegaría el día de festejar. En la Pascua, estábamos para lo que hiciera falta. Pero ese día no. El Señor de nuestras vidas muerto y nosotros de copas? No nos convencieron.

La noche de jueves santo, el Monumento es el momento para acompañar a Cristo que se queda y sufre agonía. Cuantas familias, desde los niños hasta los abuelos, han hecho monumentos en sus casas con las cosas que tenían. Y han orado esta noche y madrugada juntos, en familia. Muchos amigos míos me han mandado sus fotos, que grandes amigos tengo!!! Emociona saber que esta Gran Noticia no tiene fin; y no lo tendrá hasta el final de los tiempos.

Se nublan los cielos, Cristo lega lo último que le quedaba, entrega a su Madre al cuidado de san Juan y expira. Se desata una tempestad y un terremoto que aún es palpable en el monte Calvario. Los que hemos tenido la fortuna de estar allí, hemos comprobado las enormes grietas que se hicieron, partiendo la piedra a la hora de nona, hora de las tinieblas, hora de la muerte de Nuestro Señor. Entre dos discípulos clandestinos de Cristo y san Juan, bajan el cuerpo triturado de la Cruz, y lo depositan en los brazos de su Bendita Madre. Hagamos lo que san Ignacio nos enseña: “como si presente me hayase en aquel instante y lugar”. Ver de cerca la escena, sentir la impotencia, la pena, el desgarro de la Madre, las lágrimas de los pocos que se quedaron. Y poder tomar su Cuerpo para llevarlo al sepulcro, sangrando aún de las innumerables heridas. Besar sus pies, su frente, sus manos… y llorar a mi Señor, que me lo ha dado todo y le he pagado con desprecios y pecado. Ayudar a ungir la mirra en sus miembros, ya rígidos, entrarlo en el sepulcro y rodar la enorme piedra para cerrar el sepulcro. Dios muerto? Parece mentira. Ha vencido el mal? No puede ser.

Recordemos sus palabras:” al tercer día, resucitaré”. Fiemonos del Único del que nos podemos fiar al 200 por cien.

Y volvamos a casa acompañando a la Señora de los Dolores, que necesita de nuestro apoyo y coraje para seguir de pie. Él descansa en Paz, Madre; ahora descansa tú. Amén.

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