Veraneo de fin de semana


Un “sujétame el cubata” de manual, siempre promulgado por “líderes sociales”, que de lo que menos saben es de trabajar

Andalucía semana
Joven en la playa. /Foto: LVC
Andalucía semana
Joven en la playa. /Foto: LVC

Los amigos de la Agenda 2030 (sus profetas y los que la suscriben como un mal necesario) van consiguiendo lo que se proponían. Algo fácil, como señalábamos la semana pasada: hacernos pobres para gobernarnos mejor. Y lo están consiguiendo.

Sus axiomas sostenibles y climáticos, unidos a su lenguaje inclusivo nos han vuelto más tontos de la cuenta y ahora pagamos las consecuencias. Alguno ya está atónito, ojiplático, pero esto se lleva viendo venir desde hace bastante y brilla más que el pin de colores de la Agenda 2030, que se ponen los progres en el ojal de la americana para salir en rueda de prensa.

Los ejemplos de esa deriva ruinosa son muchos, como aquella arenga para que tomáramos los bares cuando levantaron el confinamiento. Era aquella antítesis de los contagios se cogen en los bares, pero a la vez sufragaban anuncios para que veraneáramos en sus playas. Y prácticamente lo compró todo hijo de vecino sin pensar, porque claro está que con tanta devaluación educativa lo más sencillo es eso, no pensar.

A principios de este verano, cuando ya los indicadores económicos eran más que pesimistas para lo que viene, al bueno de un líder sindical se le ocurrió decir que disfrutáramos del verano. Un “sujétame el cubata” de manual, siempre promulgado por “líderes sociales”, que de lo que menos saben es de trabajar, mucho de ser liberados y tienen una cátedra en colocarse bien el pañuelo palestino.

Pero la realidad, por más que les pese, es que la inflación ha subido en año y medio lo mismo que en la década anterior y que el personal llega más justo a la meta que un triatleta en el Ironman. Por eso, no es de extrañar que la gente se vaya a la playa los fines de semana, porque no le da para más, por más que se empecinen políticos y medios en mostrar que el turismo va de lujo que te crujo.

Es lo que tiene vivir a base de una economía de camareros que, por cierto, suelen cobrar poco y están asegurados de aquella manera, en muchos casos. Aunque pensando en las clavadas impositivas y en el otoño negro que auguran los indicadores económicos, quizá sea mejor no pasar demasiado por el fisco y guardar para el invierno. O, tal vez, hacerle caso al líder sindical, vivir la vida y pasar hambre en el invierno bolivariano que nos aguarda.