Una ciudad para no vivir 


Como en casi todo, cuando la fascinación, el asombro y el escalofrío se van, la ilusión, las ganas y la ambición también desaparecen

Vista aérea de Córdoba./Foto: LVC ciudad
Vista aérea de Córdoba./Foto: LVC
Vista aérea de Córdoba./Foto: LVC
Vista aérea de Córdoba./Foto: LVC

Cuando se acabaron los paseos en bici y los atardeceres naranjas algo cambió para siempre. Como en casi todo, cuando la fascinación, el asombro y el escalofrío se van, la ilusión, las ganas y la ambición también desaparecen. 

Es aquello que los cantantes saben bien, el desamor al que le dedican tantos versos y que, como me recuerda González, el amor (en todas sus vertientes) es el mayor negocio del mundo.

Pues el amor se va, ya sea por una mujer, un amigo o una ciudad. Y, en este último caso -como en los otros- no es algo de lo que te apercibas de inmediato, aunque la certeza sea repentina. Es la contradicción en la que vive el ser humano, que se cansa casi de todo.

Y a Córdoba, con su calor, su muralla y su monumentalidad, para mí se le acabaron las curvas, las calles por descubrir, sus noches y sus días. El embrujo se fue y el cielo dejó de ser la cúpula idílica de los sueños por cumplir. 

No fue el calor, ni el tamaño, ni las pocas posibilidades que siempre ha ofrecido, en su constante decadente (la decadencia, al menos, tiene un halo de romanticismo). No fue nada de eso, pero de eso también hubo. La contradicción que decíamos. Fue mucho más, un estado de ánimo deprimido, mientras observaba como la falta de grandeza de sus gentes se proyectaba en ambiciones desmedidas por destacar en algo. Este es el mayor exponente de las cofradías, donde a cualquier don nadie le ciegan los oropeles de un poder que, en realidad, no existe, pero con su minúscula cuota llena el ego lo suficiente.

Es un ejemplo triste, como el que supone ver a la ciudad crecer en otros barrios, mientras otros se vacían y se llenan de herrumbre, mientras todos miran hacia otro lado. Es mirar servicios públicos obsoletos, calles sucias, una oferta cultural irrisoria, que solo se consuela en la hilaridad de los dos o tres sitios de moda, que convierten el ocio en una reunión de viceversos ebrios, como la sociedad misma que mira hacia otro lado para no contemplar su propia estulticia. Es la ciudad de los asesores, de los sabelotodo, el pueblo grande sin miras ni horizonte, que no se cuestiona su identidad, para no tener que trabajar en un plan que la salve de su sino vacuo. 

Es casi la misma que describió Montis y decirlo sé que va a alegrar a mis queridos haters. Es la era digital, que dicen, pero el fondo de todo es el mismo: una ciudad para no vivir en ella y echarla de menos desde la distancia.