Julio


Nada ha cambiado y, en el suelo, una flor parece alertarte, como una señal en el camino, que te recuerda que tú has vuelto a mutar

Flor./Foto: BJ julio
Flor./Foto: BJ
Flor./Foto: BJ julio
Flor./Foto: BJ

Cada verano es igual, como cada ciclo de la vida. Todo permanece inalterable, solo cambia la perspectiva con que se miran los hechos y el matiz con el que se interpretan.

Es algo que se ve en julio, cuando la ciudad se aleja de sí y el calor la va vaciando. Pasan los veranos con su mercurio desbocado, con los recuerdos que no vendrán y con algún reencuentro -fugaz- con el pasado. Por la misma calle donde alguna vez miraste a las paredes con la emoción franca de su historia, evocando un perfume -que no fue- a tierra mojada, pero que era la patria del asombro de la infancia. El mismo, pero distinto, llegó en la juventud al mirar la misma pared encalada, la que ahora -en lo que llaman madurez- sigue proyectando su sombra a uno de sus lados.

Mientras bajas por ella hacia el bar, ya no la miras así y te detienes en la esquina. Enciendes un cigarro y respiras como puedes el calor de primera hora de la tarde. La pared es la misma, la cal habrá sido renovada hace poco, la sombra se proyecta igual. Para ella no pasa el tiempo como para ti, que ahora has convertido la emoción pretérita en nostalgias.

El mismo sitio es distinto, para ti, que lo miras proyectando los viejos recuerdos. Le das una calada más al cigarro y devuelves el saludo, mientras te dejas caer en el descanso de un oasis que apenas durará unas horas.

Cuando regresas de él, todo sigue igual. La estulticia permanece, como una constante einsteniana del universo humano. Nada ha cambiado y, en el suelo, una flor parece alertarte, como una señal en el camino, que te recuerda que tú has vuelto a mutar, como un virus, y sabes que viene algo diferente, no exactamente qué, pero lo sientes en el pecho. Lo que pase ya se verá… son cosas de julio.