Poco pasa…


De vuelta se te cruza un ciclista, te sale un patinete de la nada, se te mete otro en el carril sin miramientos, te pitan porque no te has saltado un semáforo

Carretera./Foto: BJ poco pasa
Carretera./Foto: BJ
Carretera./Foto: BJ poco pasa
Carretera./Foto: BJ

El trayecto en coche es poco más de 20 minutos: ir, recoger y volver. Pero ya salir de la cochera causa algo de impresión, siempre esperando que los sensores funcionen bien y la cancela no haga tope con el vehículo. Esto por no mencionar las veces que uno mira la aguja del gasoil y recuerda que hay que conducir de forma suave, para intentar volver a la gasolinera en el mayor plazo posible y que los más de dos euros el litro no se te claven en el corazón como a una dolorosa.

Retomando el camino, la acción comienza al salir, no han puesto los bolardos y siempre hay un coche con el culo o el morro dentro del badén, por lo que la visibilidad es escasa y decidirte a salir a la carretera se parece a eso de estar en el casino y jugarte en la ruleta todo tu dinero al rojo. Poco pasa.

Sales airoso, no sin una pitada previa y en la esquina te espera la obra. La hormigonera conectada a la bomba me recuerda a los veranos trabajando con mi padre (que antes de escribir hice mis pinitos como ferralla y encofrador, muy divertido, por cierto) y rehuso maldecir que no pongan señales y que me tenga que salir por el aparcamiento mientras un ‘espabilao’ viene en dirección prohibida y se pone gallito para que te esperes. “No te lo crees ni tú, chulo”. Poco pasa.

Salgo a la avenida y, al llegar al semáforo un turismo hace la pirula y monta el atasco porque ha intentado hacer una raqueta donde no se puede y bloquea a los que te vienen de frente en el cruce y a ti cuando el semáforo se pone en verde y a los de detrás les entra la prisa como si del gran premio de Mónaco se tratase. Poco pasa.

Llegar a la otra avenida es un logro, un hito, una heroicidad. Allí se te coloca uno delante al que le gusta más la normativa de ir a 30 que a 50, mientras el que llevas detrás te mete morro y te hace el ángulo, como si fuera el Hamilton cordobés. En esas, se cambia de carril y se te queda en paralelo porque el tráfico es el que es y no conviene ir muy ligero porque de la mediana aparece un chico al que no le interesan ninguno de los siete semáforos que hay. Tampoco a la patrulla de Policía Local que va delante porque hacen caso omiso. Y, de camino, como vas entre 20 y 30, te comes tres hermosos semáforos en rojo. Poco pasa.

No llevas ni diez minutos en el coche y en el cruce, el que va por el carril que obliga a girar a la derecha se cruza a la izquierda, no le das de milagro y, una vez pasa, una chica cruza con el semáforo en rojo para ella y en verde para ti. Se lo señalas y te regala una peineta, como Giovanni hizo en el Bernabeu y, al girar la calle, un monovolumen te espera en mitad sin luces de emergencia y tienes que irte aguantando un poco, como si llevaras un paso, mientras observas como su conductora consulta el móvil abstraída de la realidad. Poco pasa.

De vuelta se te cruza un ciclista, te sale un patinete de la nada, se te mete otro en el carril sin miramientos, te pitan porque no te has saltado un semáforo y, casi en la cochera en la zona peatonal una señora con una bici se te cruza y te recrimina que es zona peatonal. “Sí, señora, lo es, peatonal, para el que anda no para el que va en bici”. 

Poco pasa y cada vez me ratifico más en eso de que no me gusta conducir, porque la gente está tensa, cabreada, inconsciente y encima el entorno de pasos de cebra sin pintar, alcantarillas que crean baches que sientes crujirte el alma mientras la rueda bota y las grietas en el asfalto forman una distopía que me incita, no a coger el transporte público (porque el autobús es otra aventura y el taxi es caro, los conductores -en general- son una raza aparte y pillar uno es más complicado, en determinados momentos, que que te toque el Euromillón), sino a andar y, con suerte, no pillar una de las mil losas rotas de las calles de Córdoba y caer de bruces. Poco pasa.