La papelera maldita


Un mundo pretendidamente feliz en el que solo una cosa falla, la papelera de la esquina

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Papelera vacía en el Balcón del Guadalquivir, tras el botellón./Foto: LVC
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Papelera./Foto: LVC

Ser de barrio no es una pose ni una postura aprendida. Es algo que se respira y se ejecuta con la cotidianidad de cada mañana, tarde o noche. No se puede explicar ese sentimiento de pertenencia, más allá de comprender que formas parte de un entorno concreto en el que has crecido.

Por eso, detallarlo es tan complejo como desgranar un sentimiento, pero lo sientes en todo momento, cuando sales de casa y lo palpas en la arquitectura de sus calles, en los rostros familiares, en el mobiliario urbano que se reparte en cada rincón conocido. Uno sabe hasta donde están las losas sueltas de la calle, que no pisas en los días de lluvia para no ponerte de agua hasta las rodillas.

Así, el día en que te tienes que ir del barrio hay un luto silencioso que no cuentas, pero que te acompaña. Máxime cuando lo haces a otro que es más nuevo, más reluciente, pero más vacío e impersonal. Una ciudad dormitorio dentro de la misma ciudad a la que dicen que perteneces.

Entonces valoras más lo que era tu barrio, bajar de casa y tenerlo todo a unos pasos; ver las calles llenas de vida; y, aunque todo era más antiguo, era más genuino. Ejemplos de ello se encuentran en el número de bares, en la esencia de estos, en las tiendas, los chinos y los sitios de bocatas. Hasta en las papeleras te das cuenta de que todo ha cambiado.

En el nuevo barrio, hay parques de diseño donde los operarios recortan el césped cada tarde, a la hora en que la recortadora te recuerda que no debes dormir la siesta. También hay calles en las que se soplan las hojas en esa franja del día, porque dormir es perder el tiempo. Y a esa hora una maquina pasa baldeando la carretera, para que no des el picotazo. 

Las calles son amplias, espaciosas, para la nueva generación de personitas gráciles que apenas se conocen en las urbanizaciones. Un mundo pretendidamente feliz en el que solo una cosa falla, la papelera de la esquina. Cada cierto tiempo -y pese a ser nueva como el barrio- parte de su estructura verde se cae de la farola a la que está asida y, durante unos días, mientras pasa el del corta césped, el de la sopladora y el de la furgonetilla que supuestamente limpia la carretera, la papelera sigue en el suelo, como la metáfora de la nueva Córdoba, tan igual al resto.

Al final la recolocan, pero no demasiado bien, porque el apaño dura unos días. La ves en el suelo y en su sitio en días impares, como los aparcamientos de los pueblos y piensas que todo no es tan idílico como lo pintan y que en tu barrio había bares, chinos, tiendas, pizzerías y un quiosco al fondo de la calle. Y lo echas de menos.

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